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De pronto los temas centrales y más relevantes de la agenta política de Bolivia han comenzado a quedar en manos de la justicia, esa señora que resultó que no es ciega como nos quisieron hacer creer, porque para decidir quién tiene la razón o dictar sentencia se levanta la venda disimuladamente -a veces en forma cínica-, mira hacia abajo desde su posición de altura y emite sus fallos.

La figura de la dama vestida a la manera romana o quizá griega, con los ojos vendados, un brazo levantado para soportar la balanza de la equidad y en la otra mano una espada simbolizando el poder y la justicia, que vemos en los ingresos de los tribunales, juzgados y cortes, no es más que una alegoría de lo que seguramente se pretendió alguna vez; porque los hechos, por lo menos en nuestro país, merecería otra imagen, quizá más mundana, iluminada con luces de neón y unos billetes sobre la mesa de noche.

En esas manos cayeron definiciones tan importantes para el país como la habilitación o inhabilitación de Evo Morales como candidato al Senado; las tres leyes promulgadas por la presidenta del Senado Eva Copa; la definición sobre el uso de transgénicos en la agricultura y varios otros asuntos de extrema sensibilidad.

Moros y cristianos, Gobierno y oposición acuden a ella por igual buscando que les den la razón.

Esas decisiones, que en realidad son la agenda del país en estos días, recalan en la justicia: el omnipotente poder del Estado boliviano, el poder de poderes, el que se autodefine desde una supuesta posición más allá del bien y del mal.

Todo pasa por la justicia y curiosamente los actores políticos y ciudadanos del país son conscientes de que esa justicia es el menos confiable de los poderes.

A la tradicional corrupción que se le conoce habría que agregar ahora la innegable pertenencia de una gran parte de sus actores (magistrados, vocales, jueces, fiscales) hacia un partido político, el Movimiento al Socialismo (MAS).

La justicia es el poder del Estado boliviano en el que más enfáticamente el MAS construyó una estructura controlada, porque entendió que era estratégico tener bajo su dominio a quienes en última instancia deciden si una ley es o no es ley, si un fallo de otra instancia vale o no vale, si una política del gobierno va o no va.

Catorce años es tiempo suficiente para construir el poder hegemónico; Evo Morales y Álvaro García Linera siempre lo supieron y ‘aprovecharon’ su largo paso por el Gobierno para dejar muy bien consolidado eso que ahora les permite controlar el poder sin tener el poder, a fuerza de sobornos y lealtades con jueces y fiscales que hoy devuelven los favores.

Incluso un fallo del Tribunal Supremo Electoral, que por definición es un poder del Estado en sí mismo independiente, cuyas decisiones en teoría son ‘inapelables e irrevisables’ fue a parar a las manos de esa señora con balanza y espada, de dudoso proceder.

Cuando llegue el momento oportuno Bolivia no sólo tendrá que limpiar de corrupción el Poder Judicial, una tarea en sí mismo prácticamente imposible, sino también sopesar muy bien los equilibrios para quitar de esas manos corruptas el poder de decidir prácticamente el destino mismo del poder. Es que no es lógico que las decisiones más importantes del país estén en manos que no conocen el jabón ni el alcohol.