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25 de julio de 2017, 4:00 AM
25 de julio de 2017, 4:00 AM

Admito la dificultad que produce aceptar que somos una sociedad que vive mayoritariamente en ciudades, sin tener consciencia urbana. Esta distorsión está tratando de ser corregida con el enunciado de categorías teóricas como ‘ruralización de las ciudades’ o ‘indianización urbana’, que, más allá del reconocimiento a la creatividad, no tienen posibilidad de sostenerse empíricamente.

Un campesino que se traslada a vivir a una ciudad, deja de ser campesino, pues su relación productiva, social y cultural es con el factor tierra. Un indígena originario que se traslada a vivir en una ciudad no deja de serlo, pero no lleva su modo de producción, no hay caza, pesca o recolección, y debe competir en desventaja al no poseer los instrumentos que exige la vida urbana.

Esta situación abre dos problemas que no estamos enfrentando. El primero es el abandono físico de las zonas rurales por lo que llamo ‘presión migratoria’, la ausencia de servicios básicos dignos en el extenso territorio nacional. No se le puede pedir a nadie que viva con carencias de salud, educación, oficinas públicas, desarrollo, caminos… Esta situación está siendo debatida en Europa con preocupación. Aquí no porque estamos por debajo de la media de América Latina, que es de un 80% viviendo en ciudades; sin embargo, si la proyección sigue, en el Censo del año 2032 seremos el 90%.

El segundo es la importación de productos básicos de nuestra seguridad alimentaria. Estamos importando papas, cebolla, ajo, camote, tomate, palta, frutas, en volúmenes que no generan una respuesta coherente desde un Estado que se dice ser originario, indígena, campesino, rural y ambientalista.

En Bolivia, se sostiene, las personas de áreas rurales han aprendido a vivir en pisos ecológicos, y ello les permite una trashumancia que utilizan como defensa. Los datos están demostrando que esa circulación está disminuyendo frente a la necesidad sedentaria de mejorar las condiciones de vida. Y porque los hijos de los trashumantes, ya quieren vivir en un solo sitio.

Pero el reto estará en resolver una ecuación matemática muy complicada: ¿qué haremos con 1 millón de kilómetros cuadrados, técnicamente sin gente en 2032?

Simultáneamente con este dato, el descontrol urbano, el crecimiento especulativo de la tierra en las ciudades, los problemas del transporte masivo irresuelto, el crecimiento de la inseguridad, no parecen tener respuestas contundentes.

Para tranquilidad de todos, puedo afirmar que existen soluciones para cada una de esas situaciones. Basta comprender que no tenemos por qué inventar el hilo negro, y adecuando lo que ya se ha resuelto en otros lados, ajustarlo con inteligencia a nuestra realidad.  

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