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3 de marzo de 2022, 4:00 AM
3 de marzo de 2022, 4:00 AM

Por José Rafael Vilar, investigador social

La primera clave es que Putinismo es lo mismo que Zarismo y que Stalinismo. Mira Milosevich-Juaristi [“El putinismo, sistema político de Rusia”, ARI 16/2018, Real Instituto Elcano, 9/2/2018] lo define como «un Estado híbrido y modernitario [neologismo de Josef Joffe para regímenes de modernización autoritaria] de régimen autocrático, que refleja el papel personal de Vladimir Putin […] desde su llegada al poder en el año 2000» y Andrey Schelchkov [“Las claves del putinismo”, Nueva Sociedad, marzo 2018] lo describe como un «autoritarismo [que] como sistema de gobierno es ineficiente, exageradamente burocrático y nada funcional», válido también para los Romanov y Stalin.

La segunda clave del Putinismo —como para el Zarismo y el Stalinismo— es que es tremendamente expansivo, intrínseco al concepto de Nación Rusa y la defensa del llamado "mundo ortodoxo" del cristianismo universal en su interpretación rusa.

Una tercera —sin orden de prelación— es que la Federación Rusa ha sido extremadamente beligerante y agresiva para lograr esa expansión, aumentado con el Putinismo como fue en el Zarismo y el Stalinismo. En poco más de 30 años la Federación Rusa ha participado: en 1990 la región moldava de Transnistria declaró su independencia (República Pridnestroviana) y entró en guerra (1990-1992) con la recién independizada República de Moldavia con apoyo no oficial ruso a la primera “república no reconocida” pos-URSS, donde Rusia mantiene aún presencia militar; en 1991-1994, Rusia intervino como “mediador” en la guerra de Nagorno Karabaj entre Azerbaiyán y Armenia que produjo la República (“no reconocida”) del Alto Karabaj (hoy República de Artsaj), vinculada con Armenia; luego, directamente, la Federación Rusa fue parte principal en las Guerras de Chechenia, la primera fracasada (1994-1996) y la segunda iniciada en 1999 (Putin de primer ministro) y que terminó “oficialmente” en 2009 (Putin ya presidente) sin victoria clara aunque dejó a su afín en el poder; la 'guerra relámpago' ruso-georgiana (2008) que produjo la “independencia” de Georgia de las “repúblicas no reconocidas” de Osetia del Sur y Abjasia; en 2014, Crimea y Sebastopol declararon la República de Crimea independiente de Ucrania y anexada inmediatamente a la Federación Rusa; el apoyo ese mismo año a los movimientos separatistas prorrusos en las provincias (“repúblicas no reconocidas”) de Donetsk y Lugansk, en la región del Donbass (frontera este de Ucrania con Rusia); desde 2015, Rusia apoya militarmente al presidente Bashar al-Assad en Siria, mientras mantiene dos bases militares: Hmeimim y el puerto de Tartus (en Siria, han servido más de 63.000 soldados rusos).

No menos importante —cuarta clave— es que la economía rusa hace tiempo ha estado en caída libre atemperada —como fue Bolivia— con el boom de los precios del petróleo y el gas: para 2022, la proyección del FMI sobre el PIB para la Federación de Rusia era de cerca de $us 1,8 billones (trillions en inglés) en precios corrientes (EEUU: 24,8), ocupando el lugar 12 y el PIB per cápita era de $us 11.660 en precios corrientes (lugar 71; EEUU: 74.730). Pero las sanciones de la semana pasada barrerán esas predicciones: si en 2014, las sanciones redujeron un 0,5% el crecimiento del PIB, ahora se augura que, en corto tiempo, lo afectará un 2% (el pronosticado era del 2,8%, convirtiéndolo en nada). Un anuncio para el ciudadano ruso de a pie de la gran inflación que —con profunda contracción de la economía— conllevara una amplia estanflación y, por ende, mucho más desempleo y pobreza.

En resumen, el Putinismo es la consecuencia del fracaso en la transición de Rusia a la democracia en los años 90 más su legado histórico imperial. La Misión de Putin ha sido recrear el “Mundo Ruso”, recuperando las fronteras imperiales bajo la ideología supernacionalista de la sobornost: la unificación de los pueblos “rusos” según los sueños eslavófilos del siglo XIX, asentada en tres supuestos pilares de la identidad nacional rusa: Pravoslavie (religión ortodoxa), Samoderzhavie (autocracia) y Narodnost (nación), propuestos por Sergej Semenovich Uvarov, ministro del zar Nicolás I.

Como escribió el P. Stefano Caprio (“El fin del putinismo”, asianews, Pontificio Istituto per le Missioni Estere, 26/02/2022): «La gloria del Putinismo termina en Kiev. Para la Rusia de Putin […] pase lo que pase, ha llegado a su límite». Es el final sangriento del renacimiento putiniano de la Rusia ortodoxa porque Putin logró un no-objetivo: unir Europa contra Rusia.

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