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Crisis, corresponsabilidad y la opción del fuego

Daniel Valverde 28/10/2019 03:00

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 Un Órgano Electoral (OE) despro­visto de confianza y permanente­mente cuestionado tuvo que ad­ministrar el proceso electoral más competitivo y controversial de los últimos tiempos.

Le antecedieron sentidas renuncias de algunos de sus miembros, unas elecciones primarias que no tuvieron ningún efecto democratizador sobre los partidos y decisiones como la de reemplazar candidatos al margen de lo previamente normado, entre otras cuestionantes.

Los eventuales candidatos se engolosinaron con la idea elec­toral y transitaron hacia el 20 de octubre sin reparar en nada, ex­cepto en los defectos y pasado de cada uno.

 Las benditas encuestas, la guerra de memes y fake news nos idiotizaron, y salvando espo­rádicos intentos, no forzamos lo suficiente desde ningún espacio para que se debatan temas pree­lectorales, o se generen acuerdos poselectorales, pese a la sensa­ción de desconfianza o anuncios de agentes de ambos bandos de que se desconocerían resultados.

En nuestra cultura democrá­tica la votación es un acto tras­cendental. Dicho de otra forma nuestro ideario básico de lo que es la democracia pasa por el voto.

Este 20 de octubre no fue la ex­cepción, tanto así que de inme­diato tomaron posesión miles de jurados electorales y 7 millones de bolivianos concurrieron a las ur­nas en nuestro geográficamente accidentado país.

Ahora en el cautiverio pose­lectoral, es fácil rememorar que la transmisión de resultados pre­liminares (TREP) concluyó con un primer informe a las 20 horas.

 Este recuento marcaba tres cla­ras tendencias, la primera que el Movimiento Al Socialismo era el partido con la mayor votación, la segunda que el candidato Chi desplazaba a Óscar Ortiz de BDN del tercer lugar, y una tercer ten­dencia que sin ser irreversible era posible llegar a un balotaje por la diferencia de tan solo 7 puntos entre el primero y segundo Para las 22 horas se esperaba un segundo informe al 90% de las actas.

Sin embargo, el TSE ingresó en un irresponsable e inexplicable silencio de más de 20 horas que abrió las puertas de las sospechas, despertando todo tipo de conjeturas sobre posibles fraudes o manipulaciones que sin estar probadas, vaciaron casi por completo la mínima confianza en el resultado electoral.

Los enten­didos en conflictos señalan que el caos comienza como una “crisis de percepción”, la cual hoy se convirtió en realidad irreversible para los perceptores.

 La vorágine de hechos pos­teriores bien se puede definir como cuadros de incontinencia episódica y verbal expresados en destrucción a edificios públicos, anuncios de posesionar a presi­dentes al estilo Guaidó, circula­ción de listas negras, entre otros por parte de sectores cívicos y ciu­dadanos.

Por el lado oficialista, se lanzaron afirmaciones de que se gesta un golpe de Estado, además de impertinentes sindicaciones señalando que los estudiantes se movilizan por nota o por dinero. Las misiones de observadores, también han caído en imprecisio­nes al allanarse a ser parte de una auditoria pero al mismo tiempo recomendar que es preferible una segunda vuelta electoral sea cual sea el resultado.

En momentos previos a lo que puede ser el desencadenamiento de violencia y mayor fragmenta­ción, resulta necesario reconocer la magnitud del conflicto, lo que se pone en juego y asumir que enturbiar las aguas intoxicando la comunicación con más adjetivos o improperios, no ayuda a ningu­na solución. Segundo, existiendo una nueva configuración política, entonces corresponde que sus fi­guras representativas en un mar­co de urgencia política busquen soluciones y dejen de acumular incontinencias de cualquier tipo, pues ponen en riesgo la seguridad y estabilidad general. Ambos actores arrastran a cues­tas problemas de origen en este proceso, repostulación forzada en contrarruta de un referéndum por un lado, improvisación e incapa­cidad para forjar un solo bloque opositor por el otro lado. Asuman y resuelvan el entuerto, puesto que la solución por el desastre que algunos funcionales a inte­reses desde los bandos atizan, es el peor de los caminos. Termino transcribiendo parte de un párra­fo de una opinión publicada por R. Bautista, quien dice: “Jugar con fuego es fácil y eso quedó demos­trado en la Chiquitania, pero co­mo no aprendimos ahora se sigue jugando con fuego, pero ya no en el campo sino en las ciudades”.