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Cuando amor se escribe con sangre

Renzo Abruzzese 4/5/2021 05:00

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Hace unos años, una mujer joven llevó a sus dos hijas, de 5 y 7 años si mal no recuerdo, a un bello paraje tropical en las afueras de la ciudad de La Paz, tendió un mantel sobre la yerba fresca y disfrutó con ambas un almuerzo campestre. Había llevado algunas golosinas, leche en abundancia y un plato preparado para la ocasión. Terminó el almuerzo familiar y cuando las niñas se disponían a jugar disfrutando la naturaleza, degolló a la menor con el mismo cuchillo con que cortó los trozos de carne que se habían servido, la mayor intentó fugar y fue imposible, también la degolló. Cuando las autoridades policiales le preguntaron qué había motivado tan espantoso crimen se limitó a responder que ella amaba a sus hijas. ¿cómo es esto posible? ¿sufría alguna afección mental? ¿Había alguna razón muy especial que la motivara, un hombre quizá? No, nada indicaba que tuviera algún desajuste psicológico y no existía ninguna motivación específica. El espantoso crimen era la expresión final de una espantosa vida.

En principio debe quedar claro que nadie nace criminal. La posibilidad de que alguien mate o infrinja daños severos es algo que aprendemos en el transcurso de la vida, de manera que cada crimen deviene como una construcción social encriptada en las experiencias que cada sujeto experimenta por relación a su entorno.

Cuando los especialistas interrogaban a la señora que degolló a sus hijas, notaron que todos los referentes tenían que ver con algo que había marcado su vida al punto en que comprendió que vivir así no tenía sentido. No era eso lo que ella quería para sus hijas y decidió ahorrarles el sufrimiento. No por ello deja de ser un espantoso crimen, pero nos remite a la esfera social en la que nacieron esos sentimientos. Es posible que nuestros argumentos morales se vean seriamente debilitados cuando pensamos que una madre decide ahorrarle a sus dos únicas hijas el dolor de vivir cuando la vida es un tormento. Quizá las causas estén en una sociedad en que cada día la miseria es mayor. Una sociedad en que la diferencia entre una vida decorosa (y no necesariamente opulenta) se enfrenta a la cruda realidad en que los ricos son cada día más ricos y los pobres son cada día más pobres. Eso nos dicen los estudios sobre la miseria en el mundo. Quizá la certeza de que ese destino era inevitable fue el único motivo de la joven madre que degolló a sus hijas.

Hace apenas unos días una joven pareja cruceña terminó precipitándose de un doceavo piso. Feminicidio seguido de suicidio reza la conclusión policial. La mató y se quitó la vida. El acto es una negación de toda posibilidad humana. Ni vives ni vivo, que triunfe la muerte.

En la trama de este trágico episodio se entremezclan los celos, el amor, el deseo, el desamor, algo que la terminología posmoderna llama “relaciones tóxicas”. Esas relaciones no nacen en el vacío, son el producto de un momento en que la sociedad ha invertido el valor de los sentimientos por el recurso del placer. Una sociedad erotizada cuya meta es la conquista infinita del placer probablemente no pueda producir nada que no sea “tóxico”.

En el escenario de esta compleja trama reaparece intermitentemente el “morbo”, esa disposición humana por lo perverso, por lo anormal cuyos abanderados son los medios de comunicación. Su presencia a resultado tan lucrativa que los acontecimientos que marcarían la vida de los ciudadanos, como la economía, la política, la cultura o el arte quedaron recluidos en el penúltimo vagón del largo tranvía de la realidad social. Las pantallas se tiñen de sangre sin ningún pudor y la imagen del mundo se muestra descarnada, repleta de criminales, de feminicidas, de violadores, asaltantes, asesinos y drogadictos. La programación incluye ciertamente algunos programas en que la estética de la belleza femenina se muestra en todo su esplendor. Bailes, danzas, concursos, cuerpos de ballet, todo bajo el signo de la sensualidad en boga. La publicidad refinadamente producida y editada nos da de todo, sangre, licor, sexo y pudor.

Quizá ahora no parezca tan descabellada la respuesta de la madre que degolló a sus hijas. Tal vez las verdaderas razones no anidaban en su atormentado espíritu, sino, más bien, en su entorno y en la dimensión del drama en que se convirtió su existencia. Es posible que el crimen solo haya sido el despliegue final de un sentimiento de protección ilimitado y confundido. Es probable que la disyuntiva entre una vida sembrada de pobreza, de dolor y limitaciones de todo orden, en medio del glamour que proclama el triunfo definitivo del placer y el imperio de la sangre, fuese el mayor estimulante para adoptar una medida tan espantosa. También es posible que la pareja que decidió quitarse la vida solo sea el grito final de una ilusión construida en el horizonte del placer, y el espejismo de una felicidad inalcanzable. En ambos casos, la rúbrica de una sociedad cuyos valores han mutado al punto en que, la delicada línea que separa lo bueno de lo malo, lo ético de lo antiético, lo deseable de lo indeseable, la vida y la muerte, sean cada vez menos reconocibles, o en el mejor de los casos, objetivos inalcanzables.



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