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11 de mayo de 2018, 4:00 AM
11 de mayo de 2018, 4:00 AM

Contemplo incrédula, desde la esquina al ingresar a El Alto, la cantidad de personas con sobrepeso, ¡con mucho sobrepeso!: chicas con cintura 90 de cm; adultas con cuerpo de tonel; hombres gordísimos que se mueven con dificultad; niños rellenos que comen papas fritas mientras esperan el minibús.

Ahí, donde los índices de Desarrollo Humano siguen por debajo de los promedios regionales, parecería que la gente está harta de comer, que sobran platos y bebidas.

No es diferente el panorama en el aeropuerto de Santa Cruz, donde las tallas XXX parecen dominar, entre los que caminan hacia arriba, entre los que esperan pasajeros, entre los taxistas. 

Ahí donde el cuidado del cuerpo parece ser una ‘marca región’, hay más obesos que personas delgadas. Las fotos de ‘magníficas’ -algunas con la ayuda del retoque tecnológico- contrastan con las imágenes de la vida real; en los bancos de la plaza, en la fila del supermercado, en el boliche de doña Carmen.

No es algo inusual, también en otros lugares del país o en las playas vecinas cada vez nos encontramos con más y más gordos y gordas y es un suplicio viajar en un avión al lado de personas con 130 kilos encima. México es, según algunos indicadores, el peor ejemplo de Latinoamérica, pero otros países también disputan ese trofeo.

¿Qué ha pasado? ¿Acaso ese desborde de tallas es el ideal del vivir bien? ¿Es el consumismo desenfrenado, “alentar la demanda interna”, diría el ministro de Economía, la vía para la felicidad? ¿Esos platos enormes de puré y fideos, de arroces y tortillas son símbolos del estado de bienestar?

O, más bien, ¿esos cachetes caídos son el resultado perverso de un modelo capitalista en el cual el Socialismo del Siglo XXI tiene la delantera?
En mi niñez, en mi adolescencia, al menos en La Paz, pero creo que también en toda Bolivia, la mayoría, pequeños y adultos, éramos delgados.
En el curso o en el barrio no faltaba el ‘gordo’ Méndez o ‘la gorda’ Rosita, como existía un cojo o una lora y ninguna de esas condiciones era un mal público.

Como muestran las películas de la época, los jóvenes lucíamos flacos sin necesidad de dietas o privaciones. Nuestra vida era tan diferente. Casi todos íbamos al colegio a pie. A pie por la calle y luego cinco pisos hasta la sala de dibujo, clases de gimnasia y retorno a pie. A pie donde la amiga, a pie donde la abuela.

Jugábamos en los parques, bajábamos a atracarnos de salteñas, subíamos las cuestas. Siempre a pie. Los que vivían más lejos usaban colectivos que los dejaban en diferentes esquinas y el resto: talón, punta y patada.

Excursiones colegiales o familiares también a pie: gran aventura. Los viajes intercolegiales a poblaciones o a ciudades cercanas, ni pensar en el extranjero o en playas caribeñas. Y siempre en movimiento. Ligeros.

Y comíamos entrada, sopa, segundo y postre, y más tarde las frutas de temporada y merienda con tres marraquetas y cena con sopa y segundo y - en mi familia- además los anticuchos o fritanga que traía mi papá a las once de la noche.

Éramos felices, o casi felices porque vivíamos en dictadura. Y nos manifestábamos contra los militares en las calles, también: ¡a pie!

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