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3 de septiembre de 2017, 7:00 AM
3 de septiembre de 2017, 7:00 AM

Fue mi discípula periodística quien me llamó por teléfono para comunicarme que un colaborador del periódico El Diario había escrito un artículo benevolente acerca de mi trayectoria periodística, lo cual me llevó a pedirle que tal hecho no lo comunicara al presidente vitalicio, ni al vicepresidente, en vista de que no me tienen en su lista de simpatizantes y ‘yunkus’, pues esto podría redundar en alguna medida que perjudicaría al bondadoso comentarista Álvaro Riveros Tejada, por su alusión amistosa. 

Tomadas esas previsiones me puse a rondar los caminos de la metafísica y hacerme preguntas acerca de mi real existencia o tal vez de mi traslado a otras dimensiones existenciales; en buenas cuentas, a averiguar si todavía sigo por el sendero de los sobrevivientes teniendo en cuenta los decenios de vida que cargo en mi haber, lo que podría llevar a algunas personas a ejercitar actos bondadosos hacia mi persona.  

Enterada Macacha de mis dudas existenciales, aunque sin meterse en pliegues esotéricos que están prohibidos a una chica de Quillacollo, ella me explicó lo siguiente: “Usted ha sido elogiado por un buen hombre acerca de su larga carrera de escritor y periodista, lo cual no puede conducirlo a reflexiones sobre el más allá, porque usted está acá y seguirá cumpliendo su labor sin enredarse en asuntos que solo decide Dios”. 

Esas palabras simples y sabias no lograron disipar mis temores y tímidamente me acerque a mi esposa para preguntarle si no se le había muerto algún pariente cercano, respondiéndome la española con una negativa y mostrándome la ropa que vestía, me indicó que no llevaba luto lo que era prueba fehaciente de que yo seguía vivito y coleando. Con esa convincente respuesta quedé más tranquilo y deseché todo mal presentimiento. Después de tantas idas y venidas por senderos tan lúgubres Macacha me anotició del fallecimiento de mi amigo Jorge Romecín Galindo, fundador del Giorgissimo, emblemático local que tuvo que ver por muchos años con buenas amistades en un ambiente de distinción, camaradería y respeto. El hecho tan penoso terminó por aclarar en mi mente que la muerte está rondando siempre y hay que ahuyentarla sin tenerle miedo, lo cual agradó a mi comadre quien me convenció para ir preparando nuestro viaje a Cochabamba y a Santa Cruz por sus fiestas de aniversario. 

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