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Cuando el origen se convierte en una ofensa: El costo del regionalismo en Bolivia

Martes, 14 de julio de 2026 a las 05:00

En Bolivia hemos normalizado expresiones que nunca debieron formar parte de nuestra convivencia: “Colla”, “camba”, “valluno” o “chapaco” son palabras que describen el origen geográfico de una persona. Sin embargo, cuando se utilizan para humillar, excluir o denigrar, dejan de ser una referencia de identidad y se convierten en una herramienta de discriminación.

El problema no es una palabra en sí misma, sino la intención con la que se utiliza y el daño que produce.

La discriminación consiste en dar un trato desigual o menoscabar la dignidad de una persona por razones como su origen, cultura, idioma, identidad o cualquier otra condición protegida por la ley, conforme la Ley N.º 045 contra el Racismo y toda forma de Discriminación, que reconoce precisamente que nadie puede ser excluido o degradado por estas razones.

El regionalismo, por su parte, es un fenómeno más complejo: es sentirse orgulloso de la región donde uno nació.   Amar a su tierra, sea esta Santa Cruz, La Paz, Cochabamba, Tarija, Beni, Pando, Chuquisaca, Oruro o Potosí está bien porque forma parte de la identidad; pero, cuando ese orgullo se transforma en desprecio hacia quien proviene de otro lugar se convierte en un problema. 

Durante décadas, Bolivia ha cargado una división histórica entre “cambas” y “collas”.   Dicha fractura no surgió de un día para otro, se fue alimentando de diferencias económicas, migraciones internas, disputas políticas y discursos que, en lugar de promover la unidad, profundizaron más aún las diferencias. 

Con el tiempo, muchos estereotipos fueron aceptados como si fueran simples bromas, cuando en realidad reproducían prejuicios que terminaron afectando la convivencia social.

Las frases ofensivas relacionadas con el origen regional, si bien parecen inofensivas para algunos, tienen consecuencias profundas.  Detrás de un insulto puede haber una persona que deja de sentirse bienvenida en su lugar de trabajo, un estudiante que es objeto de burlas, una familia que vive con miedo o un ciudadano que siente que debe justificar su presencia en una ciudad que también es su país.

El daño del regionalismo no termina en quien recibe la ofensa. También debilita la confianza entre los bolivianos, alimenta la polarización y dificulta la construcción de proyectos comunes.   Como resultado, se tienen un país dividido por prejuicios que pierde talento, desperdicia oportunidades y erosiona el respeto que debe existir entre sus ciudadanos.

Nuestra Constitución reconoce que todos los bolivianos somos iguales ante la ley.  También garantiza la libertad de circulación, de residencia y de trabajo en cualquier parte del territorio nacional, es por ello que nadie debería sentirse extranjero dentro de su propio país, y esto no significa que debamos dejar de debatir sobre temas como: autonomías, federalismo, desarrollo regional o distribución de recursos. 

Temas legítimos dentro de una democracia; pero, lo que no puede aceptarse es que estos debates sirvan como excusa para promover rechazo o la descalificación de personas por su origen.

Como sociedad parece muy difícil comprender que la diversidad regional no es una amenaza, sino una fortaleza.  Bolivia no tendría que elegir entre cambas y collas; necesita entender que ambas identidades, junto con todas las demás regiones y culturas del país, construyen una misma nación.

Y claro que las palabras importan, un insulto repetido durante años puede terminar normalizando el odio.   ¿Y por qué deberíamos generalizarlo? 

Por el contrario, el respeto cotidiano es primordial para reconstruir la confianza entre personas que, aunque hubiesen nacido en distintos departamentos, comparten los mismos derechos, las mismas obligaciones y el mismo futuro y el mismo amor por su patria: Bolivia. 

“Mientras sigamos preguntándonos quién pertenece más a Bolivia, seguiremos olvidando que Bolivia nos pertenece a todos”.

(*) Carla Stephanie Díaz Villarroel es abogada

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