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El Síndrome Adámico tiene su origen en la primera vez que un ser humano culpa a la mujer que Dios le dio por compañera de haberlo incitado a probar el fruto prohibido, mientras que la mujer culpa a la serpiente.

El incendio ocurrido en Roma, en el verano del año 64, duró cinco días y arrasó con los 14 distritos de la ciudad. Los historiadores lo atribuyen al emperador, quien preso de temor por la conjura contra su reinado, ya había mandado matar a su madre y hermanastro; el incendio le cayó como anillo al dedo para perseguir y ajusticiar a los judíos y cristianos, quienes fueron condenados, arrojados a las fieras, crucificados y quemados. Mientras Roma ardía, Nerón tocaba la lira.

El Síndrome Adámico es un excelente recurso en las campañas políticas, en las que los incendios y desastres en territorios, medios y redes son provocados para que aparezca el ‘salvador’. Hoy, en pleno siglo XXI, cuando la humanidad entera ha sido víctima de los más atroces crímenes e injusticias, y la misma humanidad ha luchado y entregado millones de vidas para defender el derecho primigenio de todo Estado que es la vida, la justicia, el fin del apartheid, pareciera darse un retorno a la antigüedad al observar esa autoridad inmoral que inculpa e incrimina a pueblos enteros de la corrupción que el mismo poder genera.

En el siglo XX, los países de Latinoamérica se hundieron en una crisis capitalista sin parangón. Bancos, empresas estatales, paquetes de recetas económicas y recortes a la medida de las potencias mundiales “preocupadas” por la suerte de los pobres tercermundistas, narcos amigos de gobiernos y DEA. El sur ocupaba los primeros lugares en corrupción.

En el siglo XXI, los muros, las sanciones y los bloqueos económicos son el castigo a nuestros países. ¡Ojalá lo fueran al corrupto de turno! Más de 120 túneles construyó el ‘Chapo’ desde México a EEUU. Y los muros no precisamente están debajo de la tierra. Festejamos nuestras crisis sociales y económicas de acuerdo a nuestra militancia política.

Ayer fue la quiebra de empresas estatales, que antecedió a la privatización y la capitalización que nos descapitalizó, el narcotráfico y perdón a peces gordos, las innumerables quiebras de bancos, el hospital de empresas privadas, el retiro de visas. Hoy es la misma historia.

El poder es corrupto en sí mismo y es transversal a todo el Estado y sus instituciones (públicas y privadas). ¿Puede combatirse la corrupción desde el poder si éste se alimenta y sobrevive de ella? Y, si este poder coopta, además, a los medios, a las redes, mata a los activistas, inventa historias falsas que parecen más veraces que las verdaderas; ¿no es que estamos ante el imperio de un poder hegemónico global que ha decidido que Latinoamérica es nomás el quinto patio?

Arde, arde, arde. Arde Roma, que Nerón tu protector va a ajusticiar con “justicia”. Las campañas eleccionarias en puertas tienen este contenido. ¿Quién gana?

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