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26 de febrero de 2018, 4:00 AM
26 de febrero de 2018, 4:00 AM

Desde el 22 de febrero del 2018 empieza otro momento para los actores políticos y sociales del campo opositor en la coyuntura preelectoral 2019: la necesidad de dar un salto como alternativa político-ideológica a la hegemonía discursivo-partidaria del MAS de los pasados 12 años. De este desafío político depende el fortalecimiento de la democracia representativa para la próxima década, en un momento en que la polarización se agudiza como efecto de la tozudez del Gobierno nacional de no reconocer los resultados del 21-F.

Por ahora, lo evidente es la movilización ciudadana en casi todos los departamentos del país expresada en marchas y paros cívicos, de quienes consideran que la alternancia política en el Gobierno es un factor vital para mantener el régimen democrático y evitar el ‘continuismo político’. Una práctica que se puso de moda en Latinoamérica, pero que ya la gente rechaza, como lo demuestran diversos estudios sobre la disconformidad con los partidos políticos que, a nombre de la democracia, buscan mantener el ejercicio del poder rompiendo las reglas de juego preestablecidas, mientras se siguen expandiendo los hechos de corrupción.

Esta disconformidad con los partidos políticos, instituciones políticas necesarias para mantener la democracia representativa, es una cuestión que debería preocupar, pues queramos o no son las instancias de mediación entre la sociedad civil y la clase política en todo el mundo. Por lo tanto, su vigencia, función y, sobre todo, competitividad es necesaria en el campo político.

El sistema de partidos en Bolivia, por ahora, sufre la falta de una ley de organizaciones políticas, un vacío que causa mucha incertidumbre sobre las reglas de juego en la construcción de los partidos políticos y agrupaciones ciudadanas, su financiación, organización y democratización interna, entre otros aspectos.

Dar el salto implica el inicio de la canalización política de la fuerza y disponibilidad ideológica de las plataformas ciudadanas, que en este momento se circunscriben al rechazo de la cuarta postulación consecutiva de Evo  Morales a la Presidencia. Es plantear indicios de nuevos relatos políticos. Aquí surgen algunas preguntas sobre la construcción de una identidad ideológica alterna: ¿los nuevos relatos deben hacer un bricolaje de la narrativa nacional-popular?; ¿deben apostar por un relato liberal en el campo económico?; ¿profundizar la concepción social-demócrata o progresista?; o, por el contrario, ¿debemos esperar la emergencia de un candidato ‘outsider’ con discurso radicalmente contestatario a la díada izquierda-derecha?

En la percepción de la gente, de acuerdo a encuestas internacionales, la corrupción es uno de los flagelos que corroe en todos los niveles de gobierno en Latinoamérica. La alternativa política en el 2019, además del desafío de construir su identidad ideológica como proyecto de poder, debe ser clara en la lucha frontal contra dicho mal. Esta puede ser la materia prima de un discurso que ayude a sobreponerse a la crisis de representatividad, darle nuevo oxígeno al campo político y, sobre todo, salvaguardar la democracia como régimen de naturaleza política plural. Dar el salto es riesgoso, pero necesario, caso contrario la hegemonía discursiva y parlamentaria del MAS seguirá vigente porque aún tiene un sostén social considerable. 

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