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26 de junio de 2018, 4:00 AM
26 de junio de 2018, 4:00 AM

“Las elecciones son con partidos, no con plataformas”, dijo el ex gobernador demócrata Ernesto Suárez semanas atrás, luego pidió disculpas y las calificó como “plataformas de jóvenes valientes”. Por su parte, al vicepresidente Álvaro García Linera le “da rabia" la irrupción de activistas del ‘Bolivia dijo No’, además, los compara con "los borrachos de la esquina” que se entran a casa ajena. Por último, en alusión a sus movilizaciones, el presidente Evo dijo que “defender el 21-F es defender a la derecha, esa derecha vendepatria”. Dichas posiciones discursivas provocan a pensar y repensar sobre el campo de las posibilidades políticas de las plataformas: ¿tienen condiciones para transformarse de actores sociales en sujetos políticos?

Desde la teoría, política es el ‘hacer’ de hombres y mujeres que, más que ningún otro, afecta e involucra a todos; actores sociales: quienes generan acciones colectivas para poner en evidencia el cuestionamiento a una forma de dominación política; y sujetos políticos: quienes tienen capacidad de desarrollar una actividad política continuada y manejar elecciones. 

Hecha esta salvedad conceptual, se puede entender que la revocación de políticas públicas que afectaban el bolsillo del ciudadano en Brasil; la lucha por las libertades políticas y el pluralismo político en la ‘primavera árabe’; y la interpelación a las élites políticas y económicas por su falta de vinculación y respuestas favorables a la ciudadanía en España y EEUU, fueron acontecimientos donde los protagonistas (indignados) son actores sociales. Lo dicho hasta aquí supone que “el verdadero efecto que producen los movimientos sociales, en general, y los actuales en red, en particular, es el cambio de mentalidad, la transformación de la conciencia de las personas” (Castells, 2014). 

Ahora bien, en el contexto de los resultados del  21-F (elecciones de 2019), las plataformas ciudadanas, que nacieron en las redes sociales con epicentro en Santa Cruz, tienen en su haber una agenda de actividades legítimas (política), desde donde han cuestionado la dominación política mediante nuevos relatos y narrativas sobre la libertad y democracia; por tanto, se han constituido en actores sociales. Hasta aquí todo bien. Sin embargo, un ejemplo que las plataformas deben tener en cuenta para no sufrir en el futuro un dislocamiento de su destino es el caso #Yosoy132 (México), que “concluyó ahogado en un asambleísmo seudodemocrático y algunos fueron cooptados por el sistema” (Pérez, 2014).

Con todo, para que las plataformas se constituyan en sujetos políticos (futuro) deben manejar elecciones, lo cual implica: organización partidaria, programa de gobierno, liderazgo visible y discurso ideológico: ser sujetos de un proyecto de poder. Por ahora, en su condición  de actores sociales (principalmente de mujeres y jóvenes) han sabido desplegarse en el campo de la política (dimensión simbólica), empiezan a practicar el escrache y, probablemente, se aprestan para una guerra digital anunciada desde las esferas de gobierno. Como no tienen programa político, pero han coadyuvado en reivindicaciones concretas (abrogación del Código Penal), son un fenómeno ininteligible para el razonamiento de la clase política tradicional boliviana porque, como plantea Fernando Calderón, “buscan un nuevo sentido de la vida y la política”. Definitivamente, son incómodas para el poder.

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