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12 de septiembre de 2017, 4:00 AM
12 de septiembre de 2017, 4:00 AM

Estamos marcados en este tiempo por lo que está ocurriendo a escala planetaria en dos ámbitos, ambos de violencia.

El primero es esta suerte de pulseada entre los presidentes de Corea del Norte y de Estados Unidos que pareciera que se encuentran enfrascados en demostrar la capacidad bélica, disuasoria o agresiva, contra el oponente. Anuncio de pruebas nucleares, movilización de efectivos y declaraciones están encaminadas a crear un ambiente propicio para el holocausto. Como si fuera poco, acciones fundamentalistas que justifican la violencia por razones religiosas, generan una zozobra sembrada en cualquier lugar del planeta.

En este campo, es el ser humano que, enfrentado con otro ser humano, para vencerlo, trata de destruirlo.

Y por el otro lado, huracanes en El Caribe en proporciones inéditas, acompañados de terremotos en México con una intensidad que supera las anteriores situaciones, vuelven los ojos del planeta hacia una fuerza sobre las que el hombre, sobrecogido y débil, espera indefenso el desenlace.

Cuando estas líneas se escriben no están todavía resueltos las consecuencias del huracán Irma, ni la evolución que adquirirán los otros 2 que deambulan por la zona. Pero como una consigna colectiva hemos pasado el fin de semana siguiendo por los medios de comunicación y a tiempo real el paso lento y destructor de la fuerza desbordada de la naturaleza.

Está claro que no habríamos podido modificar el curso de los huracanes ni la intensidad del terremoto. La duda está en si tenemos como especie, parte en la responsabilidad de sus consecuencias al no estar haciendo lo que debemos con la naturaleza. ¿Cuánto de todo esto ha sido fortalecido por el cambio climático, por la destrucción de la capa de ozono, por la ruptura de los equilibrios regenerativo de las especies y del ambiente?

Y sumada a esta reflexión, resulta imposible no recordar el hongo de muerte que significó la explosión de una llamada bomba atómica, que hoy palidece de vergüenza frente a la capacidad autodestructiva existente, aumentada en cantidad, calidad y eficacia.

El científico Stephen Hawking señala que una de las posibles causas del fin de la vida sobre la tierra, será la incontrolable violencia humana. Y Einstein dijo "No sé cómo será la tercera guerra mundial, solo sé que la cuarta será con piedras y lanzas".

Si nuestra inteligencia puede generar autodestrucción de la especie y su entorno, ¿no resulta pedagógica la enseñanza de la naturaleza al recordarnos la pequeñez de los humanos frente a su fuerza incontrolable?

Frente al desastre, aplicaremos la solidaridad y la cohesión social. Que sea para restaurar la vida y no para llorar la muerte producida por la violencia. 

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