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29 de abril de 2018, 4:00 AM
29 de abril de 2018, 4:00 AM

Llegué a Estelí, las 3.000 veces heroica como se la conocía entonces, a los pocos meses de la victoria sandinista del 19 de julio de 1979. Estaba fascinada por aquella historia épica de unos jóvenes cristianos capaces de derrocar a una de las dinastías creadas por el imperialismo estadounidense en los años 30.

Había caído Anastasio Somoza y gobernaba el Frente Sandinista de Liberación Nacional, fundado en los años 70 por el poeta Carlos Fonseca Amador como brazo armado de las luchas populares y reivindicando a Augusto César Sandino, el General de los Hombres Libres. Durante una década, el FSLN había sufrido reveses, divisiones, muchas muertes, pero la unión de las tres tendencias, desde las marxistas hasta las socialdemócratas, marcó el camino de la victoria.

Gobernaba en Estados Unidos James Carter, que prefirió un camino pacífico a la intervención en América Latina y las fuerzas juveniles ingresaron a León, a Granada, a Managua. Eran famosos Edén Pastora y Dora María Téllez por el secuestro de meses antes; conocerlos fue un sueño, igual que entrevistar a Tomás Borge y los comandantes.

Fuimos a Masaya, la heroica, que había resistido con tantos chavales las últimas arremetidas de la Guardia Nacional somocista. Llegar a Estelí, un nombre que jamás se enseñaba en la geografía escolar, era un desafío en un país aún sumido en la guerra. Aún circulaban las imágenes de los asesinados en los barrios populares.

Entonces vimos flamear la bandera roja y negra y desfilar a adolescentes, algunos con el rosario católico en el pecho, casi niños, armados con alguna FAL o con alguna mochila. Partían a las brigadas de alfabetización, mientras Ernesto Cardenal ayudaba a ampliar la difusión cultural.

Había poca comida, desorden en las vías, lluvias torrenciales, mucho barro. Nada importaba y los latinoamericanos nos uníamos a decenas de voluntarios llegados de todo el mundo para apoyar a los sandinistas.

Fue, entre otros, el poeta Cardenal el que destapó la mentira, la farsa y cómo la intriga de Rosario Murillo, esposa de Daniel Ortega, había logrado arrinconar a los verdaderos sandinistas. Muchos dirigentes se embarraron con una corrupción más bochornosa que la de los propios somocistas. Los auténticos, como Henry Ruiz, Mónica Baltodano y otros los denunciaron.

En 10 años, al mando de la pareja -incluso acallando la violación de la hija de ella por parte de su padrastro- se construyó una nueva burguesía, llena de lujos, pueril. Los antiguos comandantes lamentan cómo se entregaron los intereses nicaragüenses a empresas multinacionales, muchas chinas.

No dudaron en organizar elecciones controladas. En el festejo del 19 de julio anterior, solo Evo Morales asistió, en un acto ridículo, donde la esposa enseñaba a Ortega cómo y dónde hablar, y abajo los empleados tomaban caña.

Sin los petrodólares, con una ciudadanía desencantada que no pudo expresarse realmente en los comicios, con medios de comunicación serviles o perseguidos, el estallido era previsible, no importa cuál fue la mecha. Meta bala a los estudiantes en Managua; otra vez Estelí ensangrentada. Miles de jóvenes piden que la pareja “imperial” se vaya y sea juzgada.
Al más puro estilo somocista, Ortega responde: “Son solo pandillas”. Solo lo apoya el presidente boliviano.

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