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De injerencias y mentiras

Juan Cristóbal Soruco 16/7/2021 05:00

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He sostenido en varias oportunidades que las relaciones entre las autoridades de los gobiernos de Bolivia y Argentina son muy íntimas, y mi hipótesis es que se consolidaron cuando gobernaba el país vecino Néstor Kirchner y Evo Morales aún era un aspirante a la Presidencia.

Si la memoria no me traiciona, cuando Kirchner vino al país para participar en una cumbre de mandatarios el año 2003, se reunió con Evo y no con el presidente Carlos Mesa. Y una vez que Morales ascendió al poder Kirchner le mandó un equipo de asesores que, me parece, no lo abandonó jamás, comenzando una sociedad que dura hasta ahora.

El tema viene a cuento por el presunto envío de equipo policial anti tumultos por parte del gobierno anterior argentino, presidido por Mauricio Macri. Todos los datos cronológicos invalidan la denuncia, hecha nada menos que por el canciller del país, de que se trataría de material bélico (con el que se habría “asesinado” a gente en Senkata y Sacaba) y por la que el mandatario argentino pida disculpas y lo aproveche para procesar penalmente a su predecesor, pese a que el caso se encuentra en la etapa de investigación y no parece tener un buen sustento.

Además, hay un creciente alineamiento en política internacional entre ambos regímenes, a través de la que, además, dan peligrosos indicios de su decisión de utilizar todo el aparato estatal para su proyecto autoritario y “cultural” como han denominado a sus relatos que cambian la historia de ambos países a su arbitrio.

En este sentido, es sorprendente que ambos gobiernos y proyectos (el MAS en Bolivia y el kirchnerismo en Argentina, que no es necesariamente peronismo) tengan como común denominador de su discurso el uso de la mentira como arma política, su autopercepción de conductores de sus pueblos y la descalificación a quienes no los siguen.

Esto provoca desconfianza, sentimiento que corroe la sociedad y obstaculiza la buena gobernanza porque, además, las mentiras que difunden son inmediatamente rebatidas por la realidad concreta y se llega a tales extremos que incluso si por casualidad alguna autoridad o dirigente dice alguna verdad, nadie fuera del entorno, les cree.

Pero, como parecería que en momentos de lucidez se dan cuenta de ese fenómeno que los deslegitima, recurren cada vez más a la represión, olvidando básicos principios de convivencia democrática.

Respecto a la mutua injerencia boliviano-argentina poco se puede decir, salvo que en algún momento sus operadores deberán rendir cuentas a sus pueblos, pero en cuanto a la mentira he recopilado algunos párrafos del Catecismo de la Iglesia católica para que si recuperan un ápice de moralidad les pueda ayudar a rectificar errores.

El Catecismo, por un lado, dice que pecado “es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana pecado”. Y, por el otro, que la mentira, es un pecado pues la “intención deliberada de inducir al prójimo a error mediante palabras contrarias a la verdad constituye una falta contra la justicia y la caridad. La culpabilidad es mayor cuando la intención de engañar corre el riesgo de tener consecuencias funestas para los que son desviados de la verdad”. Además, la “mentira, por ser una violación de la virtud de la veracidad, es una verdadera violencia hecha a los demás” y “es funesta para toda sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales”.

Tal vez el ministro mago, el de ¿Justicia?, del que dicen que es católico militante decide expiar sus pecados de mentira y presionar a su entorno para hacer lo mismo…

Juan Cristóbal Soruco Q.  EL TEJO / Periodista


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