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Haber inventado la tragedia es una valiosa distinción honorífica que les corresponde a los griegos, pero en este caso no se trata solo de una fidelidad a un pasado brillante porque es evidente que la irradiación de la tragedia griega radica en la amplitud de la significación y la riqueza del pensamiento que supieron imprimirle. La tragedia griega representaba, en el lenguaje directamente accesible a la emoción, una reflexión sobre el ser humano y experiencias extremas vestidas de tragedia como la que vivimos por la devastación de la Chiquitania, de cerca de la mitad del territorio de Santa Cruz, exponen las fortalezas y debilidades de la sociedad y los gobiernos.

Los desastres naturales hacen aflorar el alma de un pueblo, son vivencias existenciales, en el sentido de que llevan a la inevitable conclusión sobre lo precario de la vida. Son pruebas y también oportunidades que conforman una actitud colectiva, y solo las sociedades reflexivas pueden transitar a un cambio favorable, superar la adversidad, aprender de lo que acontece y definir el curso que debamos dar a este tipo de experiencias colectivas.

Me resisto a quedarnos en la tragedia y en el reclamo; está en nuestras manos como individuos y ciudadanos -no del gobierno ni de la política- dar un curso positivo y hacer de este acontecimiento un punto de quiebre para mejorar en todos los sentidos. En los últimos años, con o sin razón, los bolivianos nos hemos hundido en el pozo de la indignación y el descontento por razones válidas, pero no es posible alcanzar un espíritu colectivo de cambio diezmados por el enojo y la desconfianza. Para mejorar, es preciso romper con ello; la tragedia nos ha servido, una vez más, para el reencuentro con nuestro potencial y con los grandes valores de la sociedad.

Es motivo de orgullo el despliegue de miles de voluntarios al momento de la tragedia, pero es importante que esta energía social se acompañe profundizando en las causas que originan esta tragedia, reflexionando y cuestionando:

¿Por qué siendo Bolivia uno de los 15 países mega diversos del planeta y Santa Cruz la región con mayor dinámica productiva agroindustrial no se compatibiliza la conservación de la valiosa diversidad biológica del departamento con el desarrollo productivo y la ocupación del territorio? ¿Hablamos de agroindustria o de agro extractivismo?

Siendo Bolivia un país de bosques, los que cubren más del 40 por ciento del territorio nacional; ¿Por qué los bosques en lugar de ser nuestra principal vocación productiva, somos un país de bosques que destruye sus bosques a un ritmo de 300.000 hectáreas por año en las dos últimas décadas?

¿Por qué el INRA en Santa Cruz, en los últimos años, ha saneado hasta tres millones de hectáreas como propiedades con más de 5.000 hectáreas para la expansión de la frontera agrícola después de la nueva CPE que limita a cinco mil hectáreas el límite máximo? Más aún ¿Qué hacer frente a los planes oscuros de “saneamiento” de alrededor de 10 millones de hectáreas de tierras fiscales, denunciados de manera documentada por Fundación Tierra?

¿Por qué a punta de unos cuantos decretos y leyes se ha desmontado en el país aquello que un día se aproximaba al orgullo: una estructura jurídica de protección de los Derechos de la Madre Tierra? ¿En qué quedan los derechos de la Madre Tierra y el Vivir Bien propalados por el llamado Proceso de Cambio?

¿Por qué mientras la Ley Marco de la Madre Tierra y Desarrollo Integral para Vivir Bien del 2012 prohíbe específicamente la producción de agro combustibles; ¿la Ley 1098, promulgada en septiembre de 2018, conocida como “¿Ley de Etanol y de Aditivos de Origen Vegetal”, los aprueba y lo hace en nombre de “la seguridad alimentaria y energética con soberanía”? ¿Por qué se demandó y promulgó el Decreto Supremo 3973 el 9 de julio, dando luz verde para que, en los departamentos de Santa Cruz y Beni, se autorice el desmonte y quema “controlada” de bosques, para las actividades agropecuarias en tierras privadas y comunitarias?

Está en nosotros hacer de esto el impulso a un nuevo momento que tenga como punto de partida la confianza en nosotros y en nuestro destino.

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