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OPINIÓN

¿De qué vamos a vivir? Mi réplica a Antonio Saravia

Francesco Zaratti 12/10/2019 03:00

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Antonio Saravia me ha honrado dedicando su precioso tiempo académico a comentar mi columna, “¿De qué vamos a vivir?”. Su crítica, publicada en Pagina Siete (8/10) y en El Deber (9/10) se ciñe a un plano académico y por tanto merece una réplica en el mismo nivel, aunque yo no pretenda ser un economista profesional.

Saravia desarrolla su crítica mediante una contra pregunta conceptual: ¿El Estado debe intervenir en la economía? Su respuesta es un rotundo NO. En sus palabras, hay que dejar “que sean el sector privado y cada individuo los que decidan de qué van a vivir”. Más que a evidencias, teórica o empírica, contundentes, Saravia apela a dichos de gurús (un premio Nobel de su corriente) o alusiones a países exitosos con un modelo liberal clásico, sin nombrarlos.

Se me tilda de querer dar recetas y, contradictoriamente, se defiende otra postura “iluminada” que sostiene que el Estado no debe intervenir en la economía y el desarrollo.

Para avanzar, propongo reformularse la pregunta de la siguiente manera: “Cuánto Estado debe intervenir en una dada coyuntura histórica?”

Con eso quiero decir que no existe una receta universal, en el espacio y en el tiempo, para definir cuál debe ser el rol del Estado. Existen dos utopías opuestas: la del colectivismo puro de la ex URSS, donde el Estado hace y controla todo, y la del capitalismo salvaje de la Revolución Industrial, donde el Estado deja actuar a la iniciativa privada y, a lo sumo, atenúa los excesos. Ambas utopías han fracasado y no conozco país al mundo que hoy aplique rigurosamente esas recetas. De hecho, cada país decide democráticamente, con base en programas electorales, cuánto Estado quiere en su economía.

Asimismo, la historia muestra que los países pasaron por coyunturas en las cuales se vieron obligados, en fuerza del voto democrático o de circunstancias extremas, a asumir responsabilidades que, en “condiciones normales”, corresponderían al sector privado. Pienso en las socialdemocracias europeas de la posguerra: vencedores y vencidos se encontraron con economías devastadas y con el reto de la reconstrucción, cuando cada centavo era necesario para el bien común. Se crearon así las “participaciones estatales”, empresas que jugaron un rol fundamental en esa coyuntura, aunque luego redujeron paulatinamente su presencia en favor de empresas privadas o mixtas.

La utopía ultraliberal requiere de dos condiciones, también utópicas: un sector privado dinámico, patriota y con responsabilidad social y un Estado regulador, fuerte e incorruptible.

Aterrizando en Bolivia, el Estado es dueño de los recursos naturales y de sus rentas. ¿Cómo utilizarlas en un contexto caracterizado por un electorado que vive de mitos socioeconómicos anacrónicos y también por un empresariado que, salvadas ilustres excepciones, sigue viviendo de hacer negocios con el Estado o presionando al Estado cuando sus negocios encuentran dificultades en el mercado global?

Mis “buenas intenciones” no nacen de la ingenuidad o de un cálculo socialista. Nacen de una realidad social imperfecta por mil motivos y débil incluso en nuestro entorno regional.

Bolivia vive, en la economía, una situación de emergencia permanente (con efímeras oasis de bonanza derrochada) que obliga al Estado a estar activo en la economía – ojalá lo menos que pueda y de manera transitoria en muchos campos- porque eso es lo quiere su gente.

En fin, espero por lo menos que Saravia y yo coincidamos con el papa Francisco en que “la realidad es superior a la idea”.