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En mi reciente columna FadoCracia, sostengo que el diario El Potosí realizó un ejercicio de segregación en una nota informativa con este titular: “Potosí toma la plaza de armas 10 de Noviembre que estaba llena de campesinos”. Mi crítica plantea una pregunta de fondo: ¿acaso los campesinos no son también Potosí? ¿O esa pertenencia departamental es privilegio exclusivo de los citadinos que salieron a las calles “para resguardar la ciudad”?

Me hubiese gustado que el director de contenidos de El Potosí, Juan José Toro, en su texto publicado en este diario, refutara la crítica (o al menos intentara hacerlo) con argumentos para alentar el diálogo plural y la deliberación pública. En lugar de eso, en su cuarta entrega de la serie “sobre las mentiras”, plantea al respecto una injuria, una intriga, una falacia y un justificativo. Veamos.

El periodista empieza descalificando al medio donde se publica mi columna: “diario masista La Razón”. ¿En serio? ¿El camino es desacreditar a un medio colega? Igual alguien podría decir la sandez de “diario fascista El Potosí”, pero no aportaría nada. Y termina con una intriga: “tal vez su preocupación (la mía) sea complacer, o ayudar, al partido al que, finalmente, le debe algunos sueldos”. Semejante ruindad tampoco contribuye al debate. Es como si alguien dijera: “tal vez el cronista quiere complacer/defender a sus patrones, a los que les debe…”. Otra sandez.

Vayamos a la crítica. ¿Los campesinos no son Potosí? Toro reacciona con una falacia: decir que yo teorizo sobre “la conducta de los potosinos”. No, señor. Mi crítica no se ocupa de ninguna (re)acción de los potosinos, sino de la narrativa que separa a los ciudadanos (en este caso, los potosinos de la ciudad) de los no-ciudadanos (en este caso, los campesinos que, supongo, también son potosinos… ¡y ciudadanos!). En rigor, además de El Potosí, la crítica puede hacerse extensiva a varios medios de comunicación.

Decir que no se puede cuestionar a un diario por una nota supuestamente descontextualizada que se elaboró “desde el fragor de los enfrentamientos” (sic) es un justificativo muy flojo. Y un síntoma de autoritarismo propio de los que se creen infalibles y se atribuyen el monopolio de la verdad. Y de la crítica. En serio esperaba más de un premiado director de contenidos.

Podríamos discurrir largo sobre las (pos)verdades/mentiras y quienes pontifican sobre ellas. Pero no es el caso. Igual sigo a la espera de argumentos que aborden la cuestión de fondo: los relatos mediáticos que excluyen, segregan, discriminan. Debatamos.

 



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