Opinión

Defendiendo el tipo de cambio en pleno Carnaval

19 de febrero de 2023, 10:30 AM
19 de febrero de 2023, 10:30 AM

Hay dos variables en la economía que, históricamente, han anclado las expectativas de la gente sobre el futuro de la economía y son garantías de estabilidad. Por un lado, está el tipo de cambio y por otro, el precio de la gasolina. Hoy, con la venia del Rey Momo, hablaremos de la primera.

Después de la hiperinflación del año 1985, la estabilidad monetario-financiera, en general, y de los precios, en particular, se han convertido en un patrimonio nacional. Es un objetivo central de política económica, es una política de Estado, que está más allá de los gobiernos circunstanciales. Por supuesto, hay muchas maneras de alcanzar esta meta.

El tipo de cambio no es más que el precio, en Bolivianos (Bs), de la moneda extranjera, en este caso del dólar. En la actualidad, la divisa estadunidense está determinada por el Banco Central de Bolivia (BCB) y es igual a Bs 6,86, en la banda baja y a Bs 6.96, en la banda alta.

Hay dos maneras clásicas de gestionar el precio de la divisa extranjera en un país. Por una parte, está el régimen cambiario flexible. En este, la oferta y demanda de divisas es la que determina el tipo de cambio. El mercado determina el precio del dólar, por ejemplo, por la oferta libre de la moneda norteamericana, que proviene mayormente de exportaciones, inversión extranjera directa, remesas externas y otros. La demanda libre de dólares que se crea a partir de las necesidades de importaciones, pago de deuda externa y otros.

En la práctica, pocas economías tienen un régimen de tipo de cambio totalmente flexible. En la mayoría de los casos, este es un mercado intervenido por el Banco Central, para evitar grandes fluctuaciones en el precio de la moneda extranjera. A este régimen se lo conoce como flotación sucia. Entre 1985 y 1986, Bolivia tuvo ese sistema. El mecanismo se denominaba Bolsín. Posteriormente se adoptó un sistema que se conoce como tipo de cambio deslizante (crawling-peg) movimientos pequeños y graduales del precio del dólar determinados por el BCB. Antes del 2006, las personas y las empresas (agentes económicos) estaban acostumbradas a que el tipo de cambio fluctúe, hacia arriba y hacia abajo uno o dos puntos, prácticamente todas las semanas.

También existe el régimen cambio fijo donde el Banco Central establece un precio o banda de precios que no se modifica. La autoridad monetaria garantiza la estabilidad del tipo de cambio, generalmente, con elevadas reservas internacionales y con políticas económicas coherentes. En este sistema cambiario la credibilidad y reputación de las políticas públicas es central. Este es el régimen cambiario vigente en Bolivia.

En 2014, las reservas internacionales del Banco Central llegaron a $us 15.000 millones. En la actualidad están en torno de $us 3.600 millones. Siendo que $us 375 millones están en divisas, el resto en oro. Uno de los pilares que sustenta el tipo de cambio, las reservas internacionales, se deterioran.

En la coyuntura actual, el tipo de cambio no debe tocarse, pero es necesario defenderlo de las malas ideas del poder (como el tipo de cambio preferencial y la venta de oro en esta coyuntura) y la especulación que generan estas. De ello depende la estabilidad económica de Bolivia. No es ni política ni técnicamente viable, ni tampoco efectiva modificar el tipo de cambio en el corto plazo.

Una modificación del tipo de cambio tendría efectos muy fuertes sobre la inflación, perjudicaría las importaciones (impactando en el empleo) y desorganizaría los mercados, generando rechazo popular y crisis política. Recordemos que el tipo de cambio fijo fue utilizado para generar una gran renta comercial. Desde el punto de vista técnico, una devaluación se justificaría solamente si ayudase a un incremento rápido de las exportaciones. No es el caso de Bolivia. Debido a que nosotros vendemos gas natural a través de un contrato que establece precios y cantidades específicas y en razón a que, en el sector minero somos tomadores de precios en el mercado internacional, una devaluación no tendría un impacto significativo en el aumento de las exportaciones. Tal vez en productos como la soya y otros habría una ligera expansión.

Ahora bien, la defensa del tipo de cambio no se la puede hacer solamente con recomposición de reservas internacionales del BCB. Ayuda, pero no resuelve. En la línea de emergencia, también se podría eliminar el impuesto a las transacciones financieras, y remunerar las cuentas en dólares para atraer parte de los dólares que están en el ‘colchón bank’ de los bolivianos. Además, habría que pensar en la posibilidad de monetizar en dólares los derechos especiales de giro (DEG) que tiene Bolivia con el FMI.

Pero lo que hace el Gobierno y mis humildes surgencias son parches. Se requiere de una aproximación integral al problema y sobre todo, atacar el origen de las pérdidas de las reservas internacionales que están, en gran medida, asociadas al déficit público.

Este se debe corregir tanto por el lado del gasto e inversión como de los ingresos. Claramente hay un buen margen para cortar gastos superfluos como propaganda y el enorme empleo político. En lo que refiere a la inversión pública, claramente requiere de una racionalización que busque hacer más efectiva y complementaria a la inversión privada.

Por el lado de los ingresos es hora de discutir una reforma tributaria, donde los nuevos ricos de Bolivia creados por el modelo extractivista, a saber: cooperativistas mineros grandes, gremiales gigantescos y cocaleros prósperos, paguen más impuestos. 

También requeriríamos el lanzamiento del sector gas natural para que mejoren los ingresos de ese sector. En el mediano plazo, habrá que conocer cuales serán los ingresos tributarios que dejará la explotación de litio con los chinos. Por supuesto, tareas que deben comenzar ahora, pero el desafío estructural es el cambio del modelo económico. Después del Carnaval hablaremos de las alternativas.



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