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Según un estudio internacional, los años 2020 y 2021 fueron los años más estresante de la historia y un 75% de las personas se siente "estancada" personal y profesionalmente. Ingresamos al 2022 con las nubes de la tormenta sanitaria encima, pero con la esperanza de que estamos en transición a la nueva normalidad que implica adaptación, cambios, pero también oportunidades.

Se reactiva en el mundo la demanda de alimentos y materias primas. Es una oportunidad para fortalecer nuestro aparato productivo (agrícola pecuario) e incrementar la exportación de granos a países vecinos y de altamar, u otros productos como la carne (existe un acuerdo con China para exportar 40 mil toneladas al año) y otros países que también han expresado su interés; la Unión Europea recientemente aprobó el ingreso de los vinos bolivianos, ese es un mercado vinícola por excelencia.

El año que hemos cerrado tuvimos superávit comercial en gran parte debido a la producción y exportación agrícola pecuaria, no tuvimos inflación, se incrementaron los depósitos en el sistema financiero y hubo crecimiento económico comparado con el peor año que fue el 2020, sin desconocer que la deuda externa e interna viene progresivamente creciendo y las reservas van disminuyendo. 

El año 2022 como país tendríamos que encarar el negocio del litio, en la tardanza puede estar el peligro. Chile ha dado pasos decididos sobre su litio, aunque la forma ha sido observada por el nuevo presidente Gabriel Boric. Tenemos el Mutún, la producción de urea, minerales y llegara también la hora de encarar la situación de los hidrocarburos cuya producción y reservas, han dado señales de riesgo por lo que se deben enfrentar ajustes técnicos y normativos.

En materia social, la pandemia ha desnudado otras desigualdades como la llamada “brecha digital” que castiga sobre todo a los jóvenes, lo mismo que el desempleo, sub empleo o la falta de oportunidades que multiplica los ejércitos de desplazados o ninis. Los gobiernos en todos sus niveles deben promover políticas de apoyo e incentivo a los emprendedores, puesto que es parte de la corriente y los nuevos hábitos que deja la pandemia.

El censo será este año (ojalá fuera mañana) y tenemos urgencia de saber cómo estamos, que nos falta y que debemos hacer. En cuanto a reformas, el gobierno no puede esquivar por más tiempo la urgencia de enfrentar una reforma profunda y real (no distractiva) de la Justicia, también de los sistemas educativo y sanitario e instituciones como la Policía, pues en todos los casos responden a un modelo anticuado, autoritario y poco trasparente en su accionar.

Ningún cambio ni desafío será materializado mientras no controlemos nuestra propia pandemia, la pandemia de la polarización que genera enormes grietas en nuestra sociedad y desconcentra a actores e instituciones de las metas estratégicas. Urge renovar la forma de hacer política y restablecer la tolerancia el dialogo para tender puentes entre quienes pensando diferente pueden sostener argumentos y no consignas para llegar a acuerdos mínimos, pero necesarios.

Está claro que la conflictividad política enfría el funcionamiento de la economía, genera un mal humor social pero también se convierte en oportunidad para quienes están acostumbrados a meter la mano a las arcas del estado o de las instituciones que prestan servicios. Transparentar y luchar contra la corrupción es otro desafío urgente puesto que al margen de colores e intereses políticos puesto que está demostrado que la corrupción no tiene filiación ideológica o religiosa, origen, clase social, grado de instrucción, genero u orientación sexual, lo que tienen son condiciones que la benefician como la impunidad. 

Para insuflar nuestro espíritu conviene rememorar el fragmento de una poesía de Julio Cortázar que señala: “La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”. No perdamos haciendo lo nuestro, que este y los siguientes sean mejores años.


*Daniel Valverde Aparicio es docente de la UAGRM

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