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Si una fecha hay memorable en el calendario nacional, esa es la del 10 de octubre. Un día como hoy, hace 39 años, Bolivia dejaba atrás la larga noche de las dictaduras militares para dar la bienvenida a la democracia. Para conquistarla corrió mucha sangre de bolivianos, dolor en familias que veían a sus hijos partir al exilio y el sacrificio de los que se quedaron a vivir, sufrir y combatir a diario el autoritarismo del que no conoce más ley que su propia palabra.

Las generaciones adultas recordarán aquellas imborrables imágenes de octubre de 1982 que mostraban a un eufórico pueblo que salía a calles y plazas a festejar la derrota de la última dictadura militar. Era, a la vez, el inicio de un largo ciclo inmortalizado en escenas en las que se vio a Hernán Siles Zuazo retornar del exilio, ser recibido por multitudes emocionadas y con el juramento, horas después, del que sería el primer presidente boliviano de la era democrática más larga de toda la historia.

Cuadro décadas después, el país vive una democracia desde entonces ininterrumpida, pero se ven signos de amenazas permanentes por tentaciones totalitarias y cierto tufo caudillista de quien se aferra al poder, atribuyéndose la propiedad perpetua de la representación popular. En esa intención, el caudillo y su partido no han dudado un solo instante en pisar la Constitución y las leyes que rigen el Estado democrático, para hacer soplar los vientos a favor suyo.

Uno de los signos principales del sistema democrático boliviano era la alternancia en el poder. Por esa razón las primeras constituciones de esta etapa histórica no permitían ni siquiera una reelección. Las ambiciones de poder hicieron que luego se apruebe una reelección y más tarde Evo Morales y su partido hicieron aprobar a un Tribunal Constitucional alineado la absurda reelección indefinida.

Hoy mismo muchos de los principios fundamentales de una democracia no están vigentes en Bolivia. Por ejemplo, la división e independencia de poderes es un enunciado escrito en papel mojado en el país. Morales primero y ahora Luis Arce convirtieron al Poder Judicial en el brazo operativo juzgador y condenador de opositores. No existe absolutamente ninguna independencia de un órgano que para impartir justicia tendría que estar lejos la influencia y en muchos casos el soborno del poder político.

El respeto de los derechos fundamentales es otra quimera. Los gobiernos del MAS desconocen el debido proceso y los derechos humanos. Con unas Fuerzas Armadas dóciles, una Policía Nacional controlada, una Fiscalía también capturada, los ciudadanos que no piensan igual que el MAS no encuentran amparo en su defensa.

El templo de la democracia, como suele llamarse a la Asamblea Legislativa, ha perdido esa condición desde que el MAS ha hecho de ella una instancia de manipulación política al eliminar, por ejemplo, el requisito de los dos tercios de mayoría para la aprobación de leyes.

Y cuando se aprueba en las leyes una carta blanca para que el Gobierno vulnere el derecho de las personas a privacidad y la reserva de su información, o cuando se incorporan figuras como las de los agentes encubiertos o delatores a sueldo, es que algo anda muy mal en el país. La democracia que Bolivia reconquistó hace 39 años está permanente retroceso y eso más que para celebrar, es para preocuparse.

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