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Democracia en suspenso, la tediosa espera

Martes, 05 de agosto de 2025 a las 00:00

Por Redacción

José Luis Laguna Q.


“El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores seres humanos.”
(Platón, La República, 375 a. C.)


Cuando la democracia se reduce al acto de votar, y en ese acto se elige al más popular en lugar del más preparado para afrontar los retos del porvenir, lo que vivimos es la parodia democrática. La soberanía del pueblo se ha degradado hasta convertirse en el imperio del despropósito y de la ineptitud. Por eso, nuestro margen de maniobra se limita a elegir el mal menor, porque incluso nuestra protesta (voto nulo) ha sido cooptada por la impostura autoritaria.


La sociedad boliviana habita un limbo agónico. A pocos días del 17 de agosto, fecha de las elecciones presidenciales, la ciudadanía no vive la emoción de una contienda cívica, sino el vértigo de un ritual de desenlace incierto. La posibilidad de una segunda vuelta alarga una espera ya angustiosa y prolonga el estancamiento. Mientras el pueblo anhela decisiones, la sociedad política se encierra en sus juegos de poder. La maquinaria pública no se dedica a resolver la crisis económica, social y moral que corroe al país, sino a calcular su propia sobrevivencia.


En La República, Platón nos advirtió sobre los peligros de una democracia en la que un pueblo sin formación crítica ni virtudes ciudadanas elige no a los mejores, sino a los más vistosos. Por ello, los candidatos son menos arquitectos de proyecto políticos y más productos de marketing político, diseñados por agencias internacionales de comunicación que empaquetan consignas, no soluciones. La figura del líder ya no se construye sobre ideas transformadoras, sino sobre lapsus virales, cinismo posmoderno y slogans que se disipan en la inmediatez.


Transitamos, como advierte Chantal Mouffe, en la era de la post-política, un orden donde la confrontación ideológica ha sido sustituida por la gestión de percepciones. El debate se reduce a la disputa de espacios de poder, no de proyectos de sociedad. Ni el socialismo del siglo XXI ni el liberalismo boliviano han demostrado estar a la altura del desafío histórico. Ambos han sido funcionales a la fragmentación, a la misoginia rampante -evidente en el trato hostil hacia las dos únicas mujeres candidatas- y a la desideologización total del espacio público.


Cualquier arreglo entre cúpulas es presentado como expresión de la voluntad popular. De un lado, se disfraza de épica indígena y proletaria con ponchos, polleras y guardatojos; del otro, se adorna con corbatas y abrazos protocolares. Pero en ambos casos, estamos ante pactos vacíos de densidad ideológica y carentes de horizonte estratégico. Insisto: todo esto ocurre sin el menor respeto hacia las mujeres que compiten, un signo ominoso del momento político que atravesamos.


En este contexto, la ciudadanía se enfrenta a una encrucijada, elegir entre el menos dañino o desconectarse de una atmósfera política irrespirable. Solo nos queda el voto defensivo, una estrategia que reproduce el empobrecimiento del ejercicio democrático. Lo que Zygmunt Bauman llamó “modernidad líquida” se expresa aquí con nitidez, la política se diluye en un flujo incesante de superficialidad, inmediatez y espectáculo.


Asistimos a una contienda orquestada por asesores internacionales, expertos en manipular percepciones como si fueran verdades reveladas. La política ha sido reducida a una ingeniería social sin alma, a un teatro de ficciones que, lejos de resolver las crisis estructurales, las profundiza.


Mientras se prolonga esta tediosa travesía electoral, el pueblo sufre. La crisis económica se agrava, los jóvenes migran en masa, la informalidad devora el tejido social, y la frustración se vuelve norma. El calendario político no puede seguir indiferente al reloj social del hambre, la ansiedad y la desafección ciudadana. ¿Cómo justificar que, tras una segunda vuelta, tengamos aún que esperar cuatro meses de transición para comenzar a tomar decisiones de fondo?


Esta espera no es neutra. Es una forma de violencia simbólica que la clase política inflige sobre una ciudadanía sorprendentemente paciente, como si las urgencias sociales pudieran aplazarse indefinidamente, mientras las élites juegan a los dados con el destino del país.


Es urgente preguntarse ¿por qué no es posible un acuerdo político que evite la segunda vuelta y permita generar gobernabilidad inmediata? ¿Por qué no apostar por un pacto nacional de responsabilidad cívica que coloque las necesidades de la población por encima de los intereses facciosos? Si la política quiere recobrar algún sentido, deberá reconectar con su vocación histórica, la de servir al pueblo y no servirse de él.


Bolivia merece más que este simulacro de democracia. Merece estadistas, no caudillos; merece partidos con propuestas de país, no plataformas de negocios; merece una ciudadanía con voz, no solo con voto. No podemos seguir naturalizando la mediocridad. La indiferencia del sistema político frente al vaciamiento del Estado como garante de derechos es escandalosa.


Este cortocircuito entre el tiempo de la sociedad y el tiempo de las élites es una fractura de legitimidad que no puede seguir ignorándose. No podemos resignarnos a elegir entre el mal menor y la amenaza de la transgresión política situada en sus territorios contraestatales, como si esa fuera la manera de permanecer políticamente.


La verdadera democracia no es solo el derecho a votar; es el derecho a construir, juntos, algo mejor.
 

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