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Las tensiones políticas de las que los bolivianos hablan y se preocupan estos días están lejos aun de terminar y tienen cuando menos dos alternativas por donde transcurrir: la primera es la continuidad ciega de la persecución y el afán hegemónico del Movimiento al Socialismo, y la segunda es un retorno a la sensatez que por estos días parece extraviada, al menos para las autoridades del poder central.

Conociendo los antecedentes del partido en función de Gobierno, donde la influencia de su jefe Evo Morales es definitivamente radical, en su estilo, es poco probable que los principales protagonistas de esta historia decidan volver sobre sus pasos y devolverle la tranquilidad al país.

Así que lo más seguro es que si ya empezaron, concluyan su tarea de hacer oficial la historia del inexistente golpe de Estado con ayuda de fiscales y jueces alineados -finalmente la mayoría de ellos fueron puestos por el partido en esas funciones-, con lo cual tendrán las puertas abiertas para reconducir el control total del poder con los actores actuales o con los que fueron desplazados en noviembre de 2019. Solo de ellos depende.

Hasta ahí, podría parecer el relato de una disputa política donde, como es natural, uno de los bandos se impone al otro y nada más. Pero sería ingenuo suponer que ahí acabaría la historia. Lo que posiblemente no han calculado los estrategas de esta operación casi suicida, es que aun imponiendo su proyecto político a su manera tendrá cuando menos medio país movilizado y nada se habrá consumado.

El problema de la polarización no es que implica solo el retorno de la violencia temporal con todas sus implicancias, sino que también delata la vocación autoritaria del ‘vencedor’ y muy a su pesar tendrá que cargar con la responsabilidad de arrastrar un país inviable.

No es concebible un proyecto político que se levante sobre la espalda del otro, y si lo es tendrá paradójicamente el signo del fracaso y la incapacidad, la derrota de la posibilidad de construir un país unido en sus diferencias, la demostración de que no supieron construir un solo Estado con un destino común para todos.
De ahí en más, la única posibilidad de garantizar el sostenimiento de un régimen autoritario es oprimiendo y reprimiendo al contrario, como tristemente parece estar empeñado -o empujado- el presidente Luis Arce. Y si bien algo de eso ocurre en otros países de la región como Cuba o Venezuela, es necesario precisar que Bolivia no es Venezuela, y dista mucho de parecerse.

Es necesario frenar esta aventura totalitarista para reconducir el sistema democrático con todos sus procedimientos, sus equilibrios y el respeto de la diferencia. Bolivia no es una isla en la que unos u otros pueden hacer lo que mejor les parezca; el país pertenece a una comunidad de naciones que en el contexto de la globalización actual establecen nexos de interdependencia con vigencia de una gran cantidad de valores democráticos comunes.

Pretender aislarse de países y organismos internacionales -peor confrontar con ellos-, como parece que quiere hacer el gobierno boliviano actual, es simplemente insensato y absurdo porque no somos precisamente Suiza, sino un país con niveles de desarrollo por debajo del promedio en la región, que requiere de apoyo y de mercados.

La OEA, el sistema de Naciones Unidas, gobiernos de América y Europa y grandes medios de comunicación globales como The Washington Post ya han puesto sus ojos sobre el país y han encendido las sirenas de alerta sobre Bolivia. Nada va a pasar acá sin que el mundo entero lo vea. Sin democracia no hay rumbo, y lo que está pasando en estos días está alejando al país de esa forma pacífica de entendernos los bolivianos. Que lo sepan aquellos que buscan el poder total a cualquier precio y sobre cualquier sangre.

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