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20 de septiembre de 2017, 4:00 AM
20 de septiembre de 2017, 4:00 AM

Ya es costumbre atribuir nuestros males al sistema político de Occidente basado en la democracia; en la originada en la antigua Grecia, adoptada con la independencia de EEUU y secundada por la Revolución Francesa. Así se va distorsionando la historia, pues se insiste en que el sistema político actual en América fue impuesto por los colonizadores. Lo cierto es que el sistema colonial terminó con la independencia y la adopción del modelo republicano. Por otra parte, se juzga el injusto pasado colonial con ojos del presente, pero no se repara en que los pueblos precolombinos también estaban sometidos por monarquías absolutas y autoritarias. 

Las sociedades cambian constantemente; lo que no cambia, y previsiblemente ya no cambiará, es el objetivo de edificar estados que protejan los derechos y las libertades de todos los ciudadanos. A propósito, el escritor argentino Alejandro Poli Gonzalvo, dice: “Las verdades que necesitamos están presentes en Occidente y se han extendido hasta constituir la base del progreso de naciones de todas las razas y latitudes. Occidente es oposición a toda forma de absolutismo, dictadura o totalitarismo. Occidente es sinónimo de respeto a la ley y a la propiedad, de libertad e igualdad política, de división de poderes y de justicia independiente, de defensa de los derechos del hombre, de neutralidad moral y religiosa, de investigación científica, de diversidad cultural y artística” (Salir del cepo ideológico, La Nación 26.05.2016).

La tendencia de olvidar los valores republicanos se manifiesta en el afán neopopulista de establecer regímenes que nieguen  las libertades democráticas y los derechos humanos. Esta pretensión va más lejos que el solo rechazo de la democracia -aunque la proclame-, pues se procura la consolidación de satrapías que invariablemente sueñan con el poder absoluto y eterno. En verdad, a esto se orienta el marxismo-leninismo criollo en su nueva versión: el ya fracasado Socialismo del Siglo XXI.

Una propuesta basada en valores democráticos no se orientará a desconocer la identidad y las expresiones culturales de los pueblos, sino a preservarlas, pero eso sí: respetando la libertad y los derechos democráticos de todos; derechos ahora ausentes en los países que abrazaron el neopopulismo que, como era de prever, lleva al estancamiento, cuando no a la decadencia. El desafío, entonces, es abrir la mente y no insistir en recetas fracasadas.   

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