Opinión

Desagravio a la wiphala

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29 de noviembre de 2019, 4:00 AM
29 de noviembre de 2019, 4:00 AM

Ronald Tineo

Estoy casi seguro que si las masas soliviantadas por el discurso ultra religioso de los cívicos y el Conade hubieran dado con el presidente Evo Morales le hubieran aplicado el mismo tratamiento que dieron al presidente colgado Gualberto Villarroel y eso hubiera sido considerado “justicia divina”, y por consiguiente inimputable. Afortunadamente para el ‘tirano’- como siempre fue catalogado-, sus persecutores no pudieron dar con él, no por falta de ganas, sino porque ignoraban si estaba oculto en Chapare, en la Casa Grande o en otro búnker de difícil acceso.

Entonces optaron por quemar la wiphala pensando que mediante tal procedimiento incendiario se ponía fin al Gobierno y a su proceso de cambio comunista que, paradójicamente, había constitucionalizado la propiedad privada en todas sus formas. Es más, dicho proceso comunista pretendía desterrar la pobreza y nivelar para arriba haciendo que todos se conviertan en propietarios sin expropiar a nadie. “Quien está con nosotros –dijeron entonces-, está con Dios”.

Hasta ese momento los movimientos sociales habían soportado con cierta pasividad el golpe combinado y coordinado de los cívicos, el Conade y la Policía en lo tocante al derrocamiento del jefazo, pero no estaban dispuestos a cruzarse de brazos ante la ignominia de haber quemado la wiphala, símbolo sagrado de los collas aimaras, que fue usado desde cuando guerreaban entre ellos, “durante la época de su grandeza cuando sometieron gran parte de los pueblos de América..” Lo que lograron fue revivir la discriminación a la que por centurias fueron sometidos por la clase dominante, como cuando para ingresar a cualquier ministerio en tiempos de los gobiernos oligárquicos eran rociados previamente con insecticida DDT para matar sus piojos.

Después de la quema de la wiphala, y heridos en su dignidad, empezaron a tomar venganza contra el gobierno de transición que en cierta forma había instrumentado tamaña afrenta, no obstante que hablaba de pacificar el país y unificarlo. “Nunca más cambas, collas ni chapacos, ahora todos somos bolivianos. Ya no más división étnica como en tiempos de Evo”, fue el discurso ficticio con el que se estrenó el nuevo gobierno, por cuanto en los hechos no hubo contemplación de ninguna especie, tampoco hacer concesiones, porque en política, entre estas y la derrota no hay más que un paso, y fue lo que el gobierno de Evo no supo lecturar y por eso permitió que le arrebataran el poder.

Tarde comprendió que es difícil, sino imposible, dar marcha atrás a la rueda de la Historia. Es con mano dura que se conserva y retiene el poder, y la presidenta Jeanime Áñez, hizo uso de ella al ordenar frenar las movilizaciones, con fuego graneado si fuera necesario por ser más disuasivo que los agentes químicos que únicamente hacen lagrimear. Y con este procedimiento poco ortodoxo (“recurso del método” lo llamó Alejo Carpentier), los revoltosos comenzaron a sufrir bajas, y pese a lo desigual de la lucha, no bajaron la guardia, pero se quejaron porque ninguno de sus dirigentes ‘ni el Evo, ni el Quintana, ni el Romero, ni el Andrónico’, ni nadie estuvo a su lado cuando comenzaron los tiros de verdad. Toda la cúpula masista sin distinción de género corrió atropelladamente hasta las embajadas más cercanas en busca de asilo, dejando sola, abandonada y en la intemperie a la revolución.

Como hay un tiempo para ejercitar la violencia extrema, la presidenta entendió que también hay un tiempo para la pacificación real no discursiva y que mejor era optar por este último recurso. Para no pasar a la historia como un gobierno que aprovechó la transición para masacrar al pueblo, ordenó a las FFAA que dejaran de apretar el gatillo y a sus subalternos de Palacio a preparar el acto público y solemne de desagravio a la wiphala, y así se lo hizo, y no hubo vencedores ni vencidos sino justicia social que benefició a todos.

Después, el señor Luis Fernando Camacho (“LuisFer” para sus fraternos), principal protagonista del derrocamiento, hizo flamear la wiphala desde el balcón del Palacio Quemado, y la presidenta la colocó al lado de la tricolor boliviana en los actos de posesión del Alto Mando Militar y Policial y del gabinete ministerial, y alguien de los concurrentes al evento histórico, sugirió agravar la pena para los incendiarios de símbolos patrios. Ojalá Dios, que ha vuelto a Palacio (?), lo escuche. Días más tarde se produjo otro milagro en el Cristo Redentor: los cívicos hicieron ondear la wiphala junto a la verde-blanco-verde, con lo cual el desagravio fue más completo. Por mi parte, creeré en milagros cuando la vea flamear en la sede del Comité pro Santa Cruz.



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