Opinión

Desde la Guerra del Chaco a la revolución nacional

Carlos Hugo Molina 22/6/2021 05:00

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El 12 de junio se recuerda el alto al fuego en la Guerra del Chaco. Los habitantes que fueron a la guerra desde todos los confines de nuestra geografía, llegaron al Chaco como combatientes y volvieron bolivianos dolorosamente comprometidos con la necesidad de un cambio.

Estamos en deuda con esa generación que prácticamente ha desaparecido físicamente y sin embargo, le debemos la creación de la consciencia nacional y de permitirnos abrir los ojos. Los combatientes del Chaco fueron después, combatientes de la revolución nacional de 1952, máuser al hombro. Como dice Gustavo Fernández, fueron combatientes que habían aprendido a disparar y así hicieron valer el ejercicio de la ciudadanía que habían intentado desconocerles con un fraude electoral y un golpe de estado.

Bolivia ha pasado por momentos durísimos el siglo XX, una guerra internacional y una revolución, amén de otras rupturas y violaciones constitucionales del estado de derecho y las garantías de las personas. El recuerdo de ambos hechos sirva para comprometernos con quienes dejaron su vida, materialmente, en un espacio que era desconocido para la mayoría, pero en el que se jugaba algo más que un pedazo de territorio.

En eso de las deudas, Boquerón, es parte de la Historia de nuestra vida nacional que todavía no comprendemos bien. El 29 de septiembre de 1932, cayó el Fortín Boquerón en poder del ejercito paraguayo. La fecha es feriado nacional en el Paraguay y existe la tradición por parte de los estudiantes, de realizar un viaje de fortalecimiento cívico al lugar, por lo menos una vez durante sus estudios. El Coronel José Félix Estigarribia, al mando de no menos 12.000 soldados paraguayos, participaron de la operación.

En el lado boliviano, el Coronel Manuel Marzana al mando de 638 soldados, 5 suboficiales, 22 oficiales y 5 jefes, detuvieron al ejercito paraguayo durante 20 días. Esta extraordinaria hazaña está relatada en la película de Tonchy Antezana Juárez. Ahí, está un relato hermosamente realizado, que debemos admirar con recogimiento, para que superada la guerra y el enfrentamiento entre hermanos, sirva de estímulo a la creación de la Bolivia que hoy necesitamos.

Como testimonio, en Boquerón, en una sola tumba descansan los cuerpos del Capitán Tomás Manchego, boliviano, y el Teniente 1° Fernando Velázquez, paraguayo; amigos en el infortunio, pidieron si morían en batalla, ser enterrados juntos.

Hay una relación directa entre la Guerra del Chaco y la Revolución del 9 de abril que plantea la construcción de la Nación por encima de la colonia, siguiendo a Carlos Montenegro. En la Guerra, se templó el espíritu, en la segunda, se abrieron las puertas a la modernidad, la ciudadanía, las mujeres, el territorio, las ciudades, el control de los recursos naturales.

Durante la revolución nacional, basada en el Plan Bohan, una generación planteó el desarrollo de la patria mirando hacia el oriente. La Corporación Boliviana de Fomento, bajo la conducción de Alfonso Gumucio Reyes y Adolfo Linares Arraya realizaron el trabajo. Santa Cruz aportó una historia construida laboriosamente desde Andrés Ibáñez, el Memorándum de 1904, las mutuales, las cooperativas, el movimiento reivindicatorio cívico, el comité de obras públicas, los planes de desarrollo, urbanos y territoriales. La combinación de ambos, capacidad y disponibilidad social y organizativa, sumadas las regalías, y los recursos estatales, produjeron esta oportunidad que hoy tiene Bolivia de enfrentar la crisis.

Después de tantos años, tengo la sensación que debemos terminar un trabajo inconcluso; Bolivia no conoce bien a Santa Cruz cuando es aquí donde trabajamos cotidianamente personas de todos los departamentos; y también que, quienes vivimos aquí, no hemos terminado la narrativa que permita conocernos más, desde la complementariedad, el afecto, el respeto y la ternura...

Los bolivianos que vivimos en Santa Cruz, tenemos un hermoso oficio por delante. Se lo debemos a la Guerra del Chaco, a la revolución nacional y a la capacidad humana que se había comprometido consigo misma, de ser “un rio puesto de pie”, como dijera nuestro poeta, Otero Reiche.


*Carlos Hugo Molina es director de innovación del Cepad

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