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No por la pandemia, no los bloqueos, no por la crisis económica producto de la incidencia del coronavirus, sino por las ambiciones políticas de dos bandos encontrados, la celebración del 6 de agosto, Día de la Independencia boliviana, pasó deslucida y hasta embarrada por la mezquindad y el afán proselitista de unos y otros.

El primer capítulo de esta jornada lo escribió el Movimiento Al Socialismo en la Asamblea Legislativa que, con el argumento de que la presidenta Jeanine Áñez no había enviado su informe de gestión por escrito, dejó a los representantes nacionales sin escuchar su discurso informe, en un hecho ridículo, vergonzoso y deplorable sin precedentes en la historia democrática de Bolivia.

Todo indica que se trató de una estrategia premeditada del MAS, que encontró en ese resquicio la manera de anular una práctica democrática establecida en la Constitución Política del Estado y, más que eso, encontró la fórmula para hacer política e intentar privar al país de escuchar en este caso a la presidenta Jeanine Áñez (habría que preguntarse si en 14 años Evo Morales envió por anticipado su informe escrito a la Asamblea).

El segundo capítulo de esta historia ocurrió en Palacio de Gobierno, desde donde la presidenta Áñez brindó su informe de gestión transmitido por el canal del Estado.

En él, más allá del recuento de rigor de las acciones gubernamentales de estos ocho meses, la mandataria adoptó un estilo más cercano al de una candidata a la Presidencia que al de una jefa de Estado. 

Acusó injustamente al Tribunal Supremo Electoral (TSE) de mover arbitrariamente la fecha de las elecciones como si se tratara de un “juego infantil” que terminó generando incertidumbre y conflictos sociales con movilizaciones en las carreteras de sectores afines al MAS.

Olvidó la presidenta que fue precisamente su gobierno y sus autoridades quienes más insistieron en las graves consecuencias para la salud que tendría la realización de los comicios en la fecha prevista, esto es el 6 de septiembre, para cuando se espera el pico de contagios de la pandemia.

Y exactamente con el mismo argumento de los marchistas y bloqueadores del MAS, acusó al TSE de no haber consultado con nadie la nueva fecha, ignorando que esa y otras definiciones son atribución del Órgano Electoral como poder independiente del Estado boliviano.

Y enseguida Áñez arremetió contra los otros candidatos a la Presidencia -ella misma lo es- por no haber salido en su defensa para reclamar a la Asamblea la aprobación de recursos para entregar el Bono Salud a la población afectada por el coronavirus. “Están ocupados en hacer política”, reclamó la presidenta. 

También en este caso Áñez olvidó que ella misma hace política desde el momento en que decidió postular a la Presidencia en las elecciones, cuando su única misión era conducir al país a un proceso electoral limpio tras el fraude del 20 de octubre.

No habló la presidenta de los casos de corrupción en su gestión, ni tuvo ningún gesto de autocrítica en ese sentido ni se refirió tampoco a su candidatura, que contribuye a la ruptura de diálogo con el Poder Legislativo, a que ningún candidato la apoye en su política de bonos porque saben que eso da réditos electorales, ni mucho menos hizo ningún anuncio sobre un posible desistimiento de su candidatura, como algunos bolivianos esperaban.