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Después del revolcón

Manfredo Kempff 29/10/2020 05:00

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Pasados diez días de la paliza electoral que propinó el MAS a la “derecha” había decidido darme una vacación de temas políticos, y lo haré, escaldado por los acontecimientos, pero no puedo antes de realizar algunas reflexiones con pena e indignación. Como los perros, no cabe otra cosa que lamerse las heridas, y prepararse para la próxima pelea, aunque dentro de cinco años es posible que no estemos ladrando por este mundo.

¿Cómo fue posible que el equilibrio, aquello que parecía parejo entre una fuerza y las otras, hubiera acabado de manera tan dramática? ¿Qué sucedió? ¿Cómo fue posible que los comicios hubieran resultado como el choque entre un tren contra una motocicleta entrampada en los rieles? Si exageramos un poco nos disculparán, pero así lo vimos. La locomotora pasó de largo, sin pitar siquiera, y solo vimos gorras, lentes, zapatos y crucifijos volando por los aires.

Sin haber participado en ninguno de los bandos en pugna el 18 de octubre, me siento parte de la debacle porque tomé partido contra el MAS, como muchos otros que implorábamos por la unión democrática, sin lograrlo.

La última vez que participé activamente en unas elecciones, fue en 1997, en el triunfo que hizo presidente al general Banzer. Desde el 2005, transitando por el 2009 y el 2014, estuve en contra del MAS y perdimos todas las veces. Me sentí vencedor el F-21, como también casi desfallezco de placer el 20 de octubre del año pasado, cuando Carlos Mesa, contando con el apoyo cruceño, lo tenía mordido de la cola a Morales haciéndolo chillar y este tuvo que recurrir a la trampa y huir amputado del rabo hasta México.

Ahora las cosas fueron muy distintas y nuestra equivocación fue mayúscula. Muchos afirmaban que el MAS sin Morales ya no era peligroso y que podía suceder que Arce ni siquiera llegara a la segunda vuelta. ¡Qué miopía por Dios! Todo esto cuando las encuestas señalaban que el MAS ganaría en la mayoría de los departamentos del país. 

Se pensaba que Mesa estaba cerca y que podría aspirar al balotaje, forzar a Arce y ganarle esta vez con el apoyo de todas las fuerzas democráticas. Pero Jeanine Áñez apareció de candidata malogrando el panorama, aunque se apartara después; y Luis Fernando Camacho se fue por su lado, ganó en Santa Cruz, y ahí se ancló. Además de que, si Camacho hubiera deseado llevar a Mesa hasta la segunda vuelta, ni con todos los votos de sus simpatizantes habría podido hacerlo, porque no le alcanzaba.

El 21-F y el 20-O fueron victorias truncadas por la burla constitucional de parte del MAS y por el fraude. El último antecedente ya es la elección del domingo antepasado, y antes de que Arce asuma el mando el próximo mes, veremos cosas bastante feas que comenzarán por un volteo circense, nuevamente hacia las filas del MAS, de la judicatura en pleno y de la administración pública, que nunca dejaron de ser masistas. 

Pero también estamos viendo cómo las huestes de Evo Morales tratan de convencernos a los bolivianos y a los extranjeros de que el jefazo no hizo fraude, que no trampeó, que se le robó a él la elección del año pasado, que lo golpearon los fascistas cruceños junto con militares y policías. En suma, que Morales no es culpable de nada y que, peor, hay que enjuiciar a quienes lo echaron del Palacio.

Malas horas nos esperan por haber querido jugar a los pistoleros del Oeste. Esto no era juego, era política. El inmaculado Morales será indultado de toda culpa como sus compinches. 

¿Qué pensará en estos instantes las FFAA sabiendo que los Ponchos Rojos rondarán nuevamente por sus cuarteles para controlarlos? ¿Y dentro de la Policía que se las jugó, qué? ¿Qué pasará por la mente de la presidente Jeanine Áñez, legalmente convocada para salvar la situación, sabiendo de la enfermiza sed de venganza de los masistas, que ahora la acusan de genocidio, justamente en sitios como Senkata, donde ellos mismos crearon el caos?

Este es un país de desleales, ambiciosos y de estúpidos, que, habiendo tenido a Morales en el destierro y a sus cómplices asilados, permitieron al resto de los masistas mantener el control del Estado, escondidos como vinchucas al principio y dueños plenos de la situación al final. Ahora resulta que hay que rendirles cuentas a ellos, como si hubieran dejado una nación boyante cuando huyeron.