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El 20 de julio se han iniciado formalmente las campañas electorales, junto con la presentación de candidatos; los partidos han entregado al OEP sus programas de gobierno y han comenzado a hablar más intensamente de los mismos destacando algunos ejes principales. De hecho, resulta bastante tedioso para la ciudadanía conocer programas ampulosos, muy parecidos entre sí y sin elementos novedosos. Todos hablan de los mismos temas, mejorar la productividad, la educación y la salud, la preservación del medioambiente, la equidad de género, etcétera, con más o menos matices respecto al Estado y al mercado, al extractivismo, o a las políticas impositivas.

En realidad, la próxima elección estará fuertemente marcada por el posicionamiento sobre el prorroguismo alentado por una visión de democracia sostenida sobre el “liderazgo histórico” versus la defensa de la democracia asociada a la institucionalidad y al voto del 21-F. Ese es el verdadero parteaguas entre el oficialismo y las oposiciones.

Sin embargo, comunicar al electorado no requiere solo de un mensaje preciso e impactante, sino también cuenta el locus de enunciación, es decir el lugar desde el cual se está hablando; en ese sentido cobran relevancia las actitudes y los candidatos, la forma en que se interpela al otro, en este caso al votante.

¿Desde dónde hablan los candidatos? ¿Desde la certeza? ¿Desde la indignación? ¿Desde el miedo? ¿Desde el triunfo o desde la derrota? Y sobre todo ¿cuáles son los actuales procesos de identificación? Carlos Mesa y Óscar Ortiz forman parte sin duda de una clase media formada en la academia y en la política, se refieren a ellos mismos e interpelan al otro en calidad de ciudadanos -mucho más explícito en el caso de Mesa-, o desde su posición de bolivianos como un concepto englobante.

Pero no solo ellos, es curioso constatar que tres de los actuales candidatos tienen origen indígena (al menos ese es su perfil histórico, ya sea construido o no), nos referimos a Evo Morales, Félix Patzi y Víctor Hugo Cárdenas; no obstante, ninguno de ellos, ni siquiera el propio presidente, destaca su identidad étnica como un factor relevante en las futuras elecciones, a diferencia de hace una década atrás cuando el ser indígena constituía un capital simbólico incontrastable. Morales ha ampliado su posición discursiva abarcando a distintos sectores sociales, inclusive a los empresarios antes llamados oligarcas con una carga de desprecio, los llama hermanos empresarios y se mimetiza con el pueblo. Patzi, ha generado un discurso de la diversidad que se comprueba en sus propios spots publicitarios, como aquel en que se habla en inglés, español e idiomas originarios invocando el epíteto: “Participemos todos”. Cárdenas, por su parte, apela prioritariamente a los pequeños productores emprendedores, un sector privado, diverso y sin identidad cultural ni de clase, ya no se habla de comunidades indígenas, valores colectivos o ancestrales.

Finalmente, la política actual habla desde las emociones y las creencias. Estos mensajes tienen más impacto que lo discursos argumentativos del pasado. Han cambiado los tiempos y también las formas de comunicar, pero la política parece haberse estacionado en el pasado, al igual que sus personajes.

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