4 de abril de 2022, 4:00 AM
4 de abril de 2022, 4:00 AM


Los problemas estructurales de la capital oriental no se resuelven con una aspirina ni con anuncios o promesas. A pesar de la pesada herencia, no se han visto avances en los inconvenientes que acechan a diario a los millones de habitantes que la conforman. La falta de condiciones para hacer esta una ciudad amigable con la gente es cada día más penosa.

Se podría confeccionar un decálogo de inconvenientes estructurales. El transporte público parece inmanejable. Con tantos planes y reordenamientos que quedan en las mesas de trabajo y nunca llegan a las calles, los y las cruceñas siguen sufriendo de malos servicios. No solo micros, también trufis, taxis, vuelteros y servicios especiales de aplicación, se mezclan con los de mediana y larga distancia creando un enredado batido que no cabe en ninguna racionalidad posible. A esto se suma el insólito y dramático BRT que dejaron ex autoridades presas, pérdidas millonarias, inutilidad de espacios en el primer anillo y destrozos en la infraestructura sin uso. Difícil explicar a algún ilustre visitante semejante operación en desmedro y a la vista de todos.

También se rinde tributo a la incoherencia con la suciedad imperante de una ciudad en ebullición con un deficiente servicio de limpieza y con microbasurales “floreándose” en todas sus latitudes. La falta de seriedad en las licitaciones, que fallecen antes de nacer, son otro atropello que sufrimos todos los que respiramos bajo el cielo más puro de América.

Se suma el caos vehicular y las falsas promesas de reordenamiento donde el más grande se traga al más chico, los semáforos no existen y la educación vial solo está en los manuales para obtener el brevet. Los camiones de alto tonelaje pueden ir por cualquier vía y comparten horarios y territorio entre los malls más modernos y las avenidas más estropeadas.

La evidencia de la falta de autoridad se divulga a diario en el centro de la urbe cruceña. Sus calles se han transformado en angostos pasillos donde el parqueo es libre y gratuito de ambos lados de la vía y en doble fila. Así como nada corresponde con el deber ser y el deber estar, los espacios no logran ser respetados por la autoridad ausente.

La mancha urbana de Santa Cruz de la Sierra se extiende 5.000 hectáreas en los últimos años, alcanzando las 70.000 hectáreas, desproporcionada y sin control. La ciudad-mercado se reinventa en más mercados, fijos, oficiales, ambulatorios y callejeros. Es normal, admitido y autorizado obstruir vías, cocinar en las aceras y beatificar al diablo. Los espacios públicos son propiedad de los carteles, las mesas, los ornamentos y los comercios más creativos, es de todos, menos del transeúnte.

Duele la pérdida de espacios verdes por el cambio de carátula a las áreas sagradas en honor al desarrollo. El cordón ecológico en parte desmontado y pavimentado debe ser fiscalizado por miles de enamorados de esta tierra bella, que la cuidan y la defienden. Porque a nadie han sancionado por los crímenes ecológicos que se han cometido.

No es menor la inseguridad que a diario se pronuncia en los micros, las avenidas y en los barrios. No hay horario para delinquir, porque no hay quién defienda a las víctimas tampoco. No hay medidas correctivas y menos de prevención.

A 11 meses de la nueva gestión, los problemas no solo se multiplican, sino que se profundizan. La nueva gestión municipal deberá tomar las riendas de este bravo felino que ha desatado su furia y ya merece entender que el camino no es este. Un buen alcalde es el que genera las mejores condiciones para decidir en función de los intereses comunes de su pueblo. Santa Cruz quiere edificar progreso con tolerancia y desarrollo, con respeto y civilidad, con inteligencia y tranquilidad. Nada más que para ser una ciudad amigable.

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