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10 de junio de 2023, 7:00 AM
10 de junio de 2023, 7:00 AM

Mario Malpartida /periodista 

Decir que no habrá devaluación puede parecer herético, sobre todo para algunos interesados en río revuelto.

Con las mismas cifras que manejan los Ministerios, y el propio Presidente de Bolivia, aceptamos que más del noventa por ciento del flujo monetario tiene como unidad de cambio el peso boliviano; hace diez años, cuando menos, la política económica se orientó a la "desdolarización", habida cuenta del contenido ideológico: enfrentar al neoliberalismo, al capitalismo y, en resumen, malquistarnos con Tío Sam. Y las medidas alcanzaron resultados, porque las transacciones fueron reorientadas a moneda nacional: cajas de ahorro, cuentas corrientes y depósitos a plazo fijo, se hicieron en bolivianos.

El tipo de cambio reforzó la confianza del ciudadano, y el billete verde se compraba solamente para pagar las importaciones, viajar al exterior, y en algunos casos, para transacciones de compra interna de suntuarios como los vehículos. Comprar a 6,96 no era problema, más bien una rutina.

Los préstamos se hicieron en bolivianos y la tasa de interés para los dólares era desmotivante. Los intermediarios callejeros no compraban dólares en los bancos para vender en las calles ¡faltaba más! 

 El lector ya lo imagina y tiene razón, estamos entrando a visibilizar el "otro" dolar, en competencia imperfecta con el Banco Central. Transcurrieron así los años. Nuevas normas legales se dictaron en clara persecución al dólar; reajustaron el encaje de manera tal que por cada cien dólares recibidos se podían prestar solamente cuarenta. Cualquier día, andando por la calle, se compraba el billete verde, sin mostrar carnet de identidad. 

Toda esta narrativa pudo empezar diciendo "...había una vez un país..."
Pero he aquí que, de pronto, el Banco Central de Bolivia decide comprar el dólar de exportadores a 6,95, y desde entonces, cómo cambiarían las cosas. Lo primero, rutilante e impoluta salió a la escena la "dolarización", devolviendo su imperio al defenestrado Washington; el público leyó de inmediato el mensaje, se debilitó la confianza en su moneda, y demandó más de la extranjera, el BCB dejó ver su anemia, creció el círculo vicioso, y las teorías del precio, y la función de demanda, se hicieron patentes: a mayor demanda... a menor oferta... (El dólar de la calle vendido por cientos de "librecambistas" también se envileció, natural ; dejando la sensación de que ese "otro'' dólar era escaso, porque no había en el Banco Central, como si el vendedor de la calle y las casas de cambio se vieran desabastecidos por tal razón, ¡habrase visto semejante candidez!). 

Entra al juego la conducta del consumidor como variable de análisis. Sociólogos y economistas, asépticos a la politiquería, explicaran la situación y contarán historias de otros países donde se desencadenaron debacles y el efecto multiplicador fue inducido por el propio consumidor.

Millones de pesos bolivianos, de propiedad de millones de ciudadanos, son la poderosa coraza para contener la devaluación. Es algo complejo y complicado -dicen algunos- porque la escasez del dólar afecta a la variable estructural de la producción: sin dólares se perturba la importación de insumos sin los cuales se anula la producción, provocando despidos, restando ingreso, afectando la demanda y el consiguiente consumo, repercutiendo en la producción... típico y explicable argumento de un empresario industrial. 

El presidente del país está obligado a resolver la situación, aplicando unas y otras herramientas: más exportación, tamizar la importación y más préstamos; se trata de tener dólares, pues está claro que subiendo la cotización del dólar no habrán más dólares, por el contrario, al subir el tipo de cambio, por más gradual que sea, ocasionará la migración de bolivianos a dólares, por eso, recuperar la confianza del público es vital, dejar señales de certidumbre, y desterrar a los políticos de las aclaraciones, porque en boca del políticoso hasta lo cierto se hace dudoso.

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