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1 de octubre de 2017, 4:00 AM
1 de octubre de 2017, 4:00 AM
Cuando mi corresponsal periodística ante el palacio real de la Plaza Murillo me comunicó que hoy se celebra en Bolivia el Día Nacional de Árbol, espontáneamente la felicité porque la consideré como a la única pariente que goza de la fruición y beneficios por estar en el árbol del poder, que es el más preciado y amado no solo por nuestro presidente vitalicio, sino por toda esa pléyade de bienaventurados que hoy disfrutan de vivir entre las ramas llenas de frutos, alabanzas, presupuestos holgados y otras granjerías que da el árbol a quienes se cobijan entre su follaje.

Mi colaboradora palaciega, que tiene sangre en su cara, no pudo evitar sonrojarse al escuchar de mis labios que ella está encaramada en el árbol del poder, aunque sea sirviendo a dos señores: a Evo y a la prensa, que registra sus crónicas diarias. 

Como soy irreverente con los árboles, no dejé de serlo con este tan especial, pues debe ser el más importante, a juzgar por el amor que le tienen los felices hombres que nos gobiernan; me atrevo a decir que nunca pude saborear los frutos palaciegos; sin embargo, sinceramente les confieso que me pareció envidiable la suerte de aquellos que dan su vida por estar encaramados en alguna de sus ramas. 

En el Día del Árbol declaré ante mis lectores que este día se honra internacionalmente -si bien en otra fecha-  a un benefactor del medioambiente, pues contribuye con su sombra a mantener la humedad en los bosques, lo que nos da agua y oxígeno que son vitales para la humanidad y especialmente para nuestro país, donde irracionalmente se talan los bosques para obtener réditos económicos perecederos.  

La Conferencia de Estocolmo reconoció que los bosques son los ecosistemas más generosos, algo que parecen desconocer los hombres sabios que dirigen a nuestro querido Estado. 

Aproveché la oportunidad para decirle a la cholita cochabambina que fue en tierras cochalas donde vivió un hombre extraordinario llamando Man Césped, de quien el crítico literario Juan Quiroz dijo… “que es un desengañado de los hombres, que en vez de volverse a Dios, prefiere vivir en comunicación con la naturaleza”.  Por eso en su plegaria final exclama así: “Madre naturaleza, vuélveme árbol”.
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