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El mundo conmemora hoy el día del trabajador en medio de una gran pesadumbre porque nunca antes en la historia esta fecha, tan significativa para hombres y mujeres que producen, había encontrado un planeta con los más altos índices de desempleo, provocado por la ya larga presencia de la pandemia del Covid-19, que lleva 16 meses de duración

Los confinamientos del primer semestre del 2020 dejaron fábricas, talleres y oficinas desiertas porque la gente tuvo que encerrarse en sus hogares; después el retorno parcial a las actividades, la reducción de la oferta y la demanda de productos y servicios y finalmente las restricciones -diferentes en cada país, pero generales en esencia- han provocado el cierre de muchas industrias y drásticas reducciones de personal, ante los cuales ni las leyes protectoras de los derechos laborales pudieron hacer nada.

La estadística, siempre mezquina y no siempre oportuna o a veces inexistente como en el caso de Bolivia, pinta un cuadro surrealista cuando habla de las consecuencias del virus en las fuentes laborales. Hasta diciembre pasado, América Latina se encontraba prácticamente en cuidados intensivos en materia laboral por una tasa de desempleo sin precedentes, superior al 10 por ciento, según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Hasta el último mes del peor año de la humanidad la pandemia disparó a 30 millones el número de personas que buscan algún empleo. Y las previsiones para el 2021 tampoco son alentadoras: se estima que la tasa de desocupación podría volver a subir hasta alcanzar el 11,2 por ciento, dice la OIT.

El empleo está en una cama de cuidados intensivos y a un paso de ser intubado, porque ni siquiera las proyecciones mundiales de crecimiento de las economías alcanzará para volver a los niveles previos a la pandemia.

Pero paradójicamente también las proyecciones estimadas de crecimiento de las economías se alcanzarán sin que necesariamente vayan acompañadas de un porcentaje equivalente en la recuperación de las fuentes de trabajo: la nueva presencia de la tecnología con procesos de automatización e inteligencia artificial, el teletrabajo, la reducción de la jornada laboral y las nuevas estructuras reducidas de las empresas llevan a prescindir de un número de contrataciones como conocíamos hasta ahora, y a un imparable deterioro laboral que debilita el lazo entre trabajador y empresa.

Bolivia no es la excepción, y aunque no existen estadísticas recientes de las nuevas tasas de desempleo tras más de un año de pandemia, la realidad que reportan empresas y los propios afectados es francamente desalentadora. En medio de este panorama, lo que menos ayuda son las presiones desde el Gobierno central a las empresas, limitando sus posibilidades de producción y crecimiento, como el caso de la certificación de abastecimiento en la exportación de carne vacuna y el retroceso en los avances para el uso de la biotecnología en algunos productos del agro, por citar solo dos ejemplos de reciente actualidad.

El trato hostil hacia el sector privado, y en particular hacia el departamento de Santa Cruz, motor económico y de empleo del país, son otras de esas señales preocupantes en las que más parece primar el interés político partidario del Movimiento al Socialismo para imponer un sistema y un régimen de poder que atender el delicado momento de la economía del país y por tanto del sector privado, principal generador de empleo productivo en el país.



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