El 22 de abril se conmemoró el Día de la Madre Tierra. Con certeza, existe una extensa lista de razones para no necesariamente festejar, sino más bien cuestionar la pasividad estatal y social ante los millones de hectáreas de bosques incinerados, los cauces hídricos devastados por contaminación y la caza furtiva que colocan al país en un sitial incómodo. Bolivia es megadiversa pero simultáneamente uno de los territorios más ineficaces en cuidado ecosistémico. El festejo del día podría arrastrarnos, casi por inercia, a la retórica anualizada de la crisis y la devastación. Cada año repetimos las mismas cifras, cambiamos la foto del incendio, compartimos la imagen del río contaminado, nos indignamos en redes. Y luego seguimos.
En paralelo, se repite otra fórmula que ya suena automática como cierre que nadie se atreve a discutir. "La vía es la educación". Pero si hemos de tomarla en serio, el problema no es repetirla sino precisar qué educación, para qué mundo y desde qué instituciones. Aunque la educación no lo es todo, sí posee sin duda un poder transformador capaz de despertar en la sociedad sentido crítico y reflexivo. La cuestión es que no basta con cualquier educación. Si hablamos de la Madre Tierra en un país que destruye 1,8 millones de hectáreas de bosque en un solo año, no podemos conformarnos con agregar una charla ambiental en abril y creer que el trabajo está hecho.
De lo que se trata, más bien, es de la sostenibilidad en la educación superior como medio real para defender, desde el núcleo formativo, la Madre Tierra. No se trata de educar sobre sostenibilidad, sino para la sostenibilidad. La diferencia es menos retórica de lo que parece. Educar sobre sostenibilidad suele traducirse en lo de siempre: incluir una materia, un módulo, algunos temas verdes en asignaturas tradicionales. Educar para la sostenibilidad implica otra cosa, reordenar el corazón mismo de la formación universitaria.
Formar para la sostenibilidad significa que cada profesional, sea de salud, ingeniería, derecho, educación, contaduría o comunicación, entienda que su futuro laboral estará marcado por crisis climáticas, alimentarias y energéticas, y que deberá asumir de forma integral las soluciones estructurales desde su propio ámbito. No como tarea adicional u opcional, sino como parte de su competencia básica. Se trata de que ese profesional sea capaz de pensar que sus decisiones —un diseño de carretera, una sentencia, un protocolo médico, una campaña publicitaria, una política contable— pueden impactar de manera directa sobre el futuro de ecosistemas enteros y del conjunto de seres vivos que los habitan. Y que, sabiendo eso, no actúe como si la naturaleza fuera un telón de fondo prescindible, sino como si estuviera decidiendo, en cada gesto, algo sobre la casa común.
De ahí que uno de los estigmas a disipar sea la idea de que la cuestión de la naturaleza es responsabilidad exclusiva de quienes estudian ingeniería ambiental o biología. Bajo una lente de Educación para el Desarrollo Sostenible, esta separación es insostenible. La sostenibilidad como criterio formativo, educativo y profesional es una competencia válida, inmediata y sobre todo indispensable para todas las profesiones. Si la universidad ignora estas dimensiones, puede seguir funcionando, sí, pero lo hará como maquinaria que produce títulos en serie para un modelo de desarrollo que se desmorona. Como esas instituciones que se felicitan por sus récords de productividad mientras la casa se agrieta por las columnas maestras.
El Día de la Madre Tierra puede ser una oportunidad para hacerse precisamente esa pregunta. No para repetir la lista de tragedias ya conocidas, sino para revisar, con cierta dureza, el papel de las instituciones de educación superior. Que cada universidad, pública o privada, exponga no solo sus campañas, sino también sus cifras de integración real de la sostenibilidad en sus carreras y sus proyectos con comunidades.
La elección es bastante nítida. Podemos seguir turnándonos cada abril entre el lamento y el festejo, entre el minuto de silencio y el árbol simbólico, mientras el país escala posiciones en el ranking mundial de pérdida de bosque tropical primario. O podemos admitir que, sin una educación universitaria para la sostenibilidad, el vacío formativo persistirá y la celebración no pasará de ser un gesto vacío.
(*) Jose A. Landriel Pedraza es vicerrector de la Universidad Privada Domingo Savio