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En plena temporada de pandemia y en medio de la más aguda crisis económica de los países en las últimas décadas, el mundo entero presencia este mes el espectáculo más global de todos los tiempos con dos competencias
que se disputan simultáneamente: la Eurocopa y la Copa América, con grandes diferencias no solo en el nivel futbolístico, sino también en otros aspectos menos deportivos.

En Europa, la Copa se desarrolla en varios países, en la mayoría de ellos con público presente en las graderías de los estadios; en Brasil, la Copa América se juega sin público. Esa importante diferencia en apariencia deportiva es la prueba de la abismal diferencia del estado en que se encuentra la lucha contra la pandemia en ambos continentes: mientras en varios países de Europa ya se permite circular

en exteriores sin barbijo y retornan gradualmente los grandes espectáculos masivos, en América Latina se está viviendo la tercera ola del virus, con un impacto mortal similar o mayor que durante la aparición del virus.

La razón es la disímil cobertura de la vacuna contra el covid-19. En Europa el 30 por ciento de la población había recibido al menos una dosis de la vacuna hasta el 10 de junio reciente, y el 17 por ciento había completado la serie con las  dos dosis. Aun así, la Organización Mundial de la Salud advirtió que si bien los casos de covid-19 han disminuido durante los últimos dos meses  y las muertes cayeron por debajo de 10.000 personas por semana, la cobertura aún es insuficiente y se pide precaución debido al aumento de reuniones sociales.

En América Latina, los porcentajes de vacunación no llegan ni al uno por ciento en algunos países, mientras en otros está en niveles muy bajos de cuatro o diez por ciento, con excepción de Chile, que vacunó a más del 53 por ciento con la primera dosis y al 44 por ciento con el ciclo completo, pero aun así
tiene serios problemas con el virus.

Por esa razón la Copa América no solo se juega sin espectadores en los estadios, sino que incluso 140 personas directamente vinculadas con la competencia dieron positivo entre jugadores, cuerpos técnicos, operarios, miembros de delegaciones y personal terciarizado.

La Conmebol dice que ese número representa apenas el uno por ciento de las más de 15.000 pruebas de detección practicadas desde el inicio de la Copa América. Sin embargo, el número no es poco significativo, y es natural que la
organización trate de minimizar el impacto de la pandemia por la avalancha de críticas que ha recibido por privilegiar el negocio millonario que implica la organización de la Copa, en lugar de proteger la vida de jugadores y personas vinculadas a la logística.

Esa lógica mercantil que prevalece en la Conmebol le llegó directamente a uno de los nuestros, a Marcelo Martins, capitán de la selección y máxima figura actual del fútbol boliviano, que desde su aislamiento por haber sido contagiado se animó a criticar, a través de redes sociales, la insensibilidad de las dirigencias. El castigo, casi a la manera de las grandes mafias que no aceptan la mínima crítica, fue la suspensión de un  partido y una multa de 20.000 dólares contra el jugador. La penalización pudo ser mayor si Martins no hubiera escrito posteriormente una aclaración digna, pero aclaración al fin.

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