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“El indigenismo es el nuevo comunismo”, dijo la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a momento de replicar la estrambótica petición de perdón a raíz de la Conquista Española, expuesta por el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, y secundada luego – muy lamentablemente – por el mismísimo Papa Francisco.

La Conquista Española trajo consigo una nueva cultura, sin la cual, los países hispanoparlantes, serían hoy periféricos, pero además se produjo con ella, un sincretismo cultural, que es el más preciado acervo de los pueblos que habitan Latinoamérica.

Por su parte, el indigenismo – que no es lo mismo que el carácter de lo indígena, ni es equivalente al indiscutible reconocimiento universal de los derechos humanos de los pueblos indígenas – se ha tornado con el paso de los años, en una afrenta real con el pasado también nuestro. No olvidemos que los ciudadanos potosinos, orgullosos son de haber nacido en la Villa Imperial de Carlos V, y los chiquitanos, son depositarios de tradiciones que seguramente hunden sus raíces en las misiones jesuíticas. 

La pollera, el Carnaval de Oruro, las Alasitas, y muchas otras tradiciones, leyendas y celebraciones de la vida cotidiana, son parte de esta simbiosis entre el mundo hispano e indígena, que desarrolló luego hasta convertirse en parte ya indisoluble de la tradición cultural boliviana.

El indigenismo, por otra parte, hoy viene revestido de un carácter ideológico y político en sectores de la izquierda radical latinoamericana, que en términos más amplificados tienen connotaciones racistas y etnocéntricas.

El enfrentamiento y la animadversión provocada por este indigenismo de izquierdas, tiene como afán dividir a la sociedad, para establecer un nuevo orden continental. No obstante, sus intentos que tienen ya muchos años y se configuran en el Foro de Sao Paulo, fracasaron rotundamente, con escasas excepciones. Por todo ello, Díaz Ayuso, tuvo razón.

Urge la necesidad de anteponer en todos los ámbitos, el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que a la letra dice: “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

 Mauricio Ochoa, abogado y escritor 

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