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Dinero sucio

Pablo Mendieta 8/4/2021 05:00

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El título de esta columna corresponde a una de las traducciones del filme Inside Job (2010). Me llamó la atención su póster porque decía: “Esta película tuvo un costo de producción de $us 20 billones (millones de millones)”, refiriéndose a la crisis mundial de 2008-2009.

Lo que ocurre por la pandemia es tres veces peor. En efecto, esta semana se desarrollaron las reuniones semestrales del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial, donde economistas y líderes respetados compartieron sus visiones sobre la economía mundial.

Existe consenso entre ellos que la crisis actual es única por su rapidez en la caída y la recuperación; y también por su costo desigual. En el caso de las economías avanzadas la crisis costaría cuatro billones de dólares, los cuales se recuperarían hasta 2022.

En cambio, en las economías emergentes 100 millones de personas pasarán a la pobreza en el mundo, con un costo económico previsto de la crisis de 85 billones. De esa gigantesca cifra mundial, cinco billones corresponden a Latinoamérica, que se verá afectada con una producción menor en 7% respecto a lo que se hubiese visto antes de la pandemia.

Para ponerlo en términos más sencillos y aplicarlo a nuestro país, una persona en Bolivia recibe mensualmente en promedio Bs 2.200. El efecto negativo de la pandemia y sus secuelas ha implicado un recorte del ingreso mensual de Bs 300 desde 2020 en adelante. Por tanto, cada persona tiene que ajustar sus gastos al nuevo perfil de ingresos, porque ahora es aproximadamente 10% más pobre. Esto ha sido más grave para personas menos calificadas y de la tercera edad.

Si sumamos las pérdidas de ingresos y producción de todos los residentes en nuestro país, llegamos a un monto de más de 30 mil millones de dólares entre 2020 y 2024. Ese es el desafortunado precio de ser el país más vulnerable sanitaria, económica y socialmente en el mundo según la consultora Oxford Economics.

Otro consenso es que las claves de la recuperación son tres: i) una vacunación rápida y correctamente administrada, pues la crisis tiene origen sanitario y su cura también lo es; ii) planes de reactivación económica y social oportunos y acordes a la magnitud de la crisis; y, iii) cuidado del sistema financiero para evitar más repercusiones negativas.

En el primer caso, todos concuerdan que se requiere mejorar el acceso de los países menos desarrollados a la vacunación. De momento el esquema Covax solo garantiza que una quinta parte de los habitantes en los países en desarrollo accedan a la vacuna. Se necesita un esfuerzo adicional para llegar a un grado más alto de inmunización.

En el segundo punto citado (programas de ayuda), los cálculos del FMI indican que sin planes de ayuda la crisis podría haber tenido un efecto tres veces mayor. En términos de nuestro ejemplo, la pérdida podría haber sido de hasta Bs 900 al mes.

El organismo internacional recomienda con énfasis que la política fiscal ayude a empresas y hogares, para evitar que una crisis temporal se convierta en una tragedia permanente. Para ello plantean una moratoria de la deuda para los países más vulnerables y otros esquemas de financiamiento.

Por tanto, podemos aprovechar todavía la situación actual de existencia de fuentes de financiamiento y tasas aún bajas de interés para captar recursos externos, antes de su subida gradual a nivel mundial en un futuro cercano.

Bolivia perdió la oportunidad de endeudarse a tasas bajas y mejores condiciones durante el punto más agudo de la pandemia, por la confrontación política en 2020. Todavía existe algún margen para hacerlo, pero el tiempo es cada vez más corto.

Finalmente, en el ámbito financiero es primordial resguardar la estabilidad del sistema, pues el FMI calcula que, si no se preserva la solvencia de las empresas después del diferimiento, uno de cada diez empleos estaría en riesgo. Es preciso, señala el organismo, convertir los préstamos transitorios de liquidez en créditos de capital para empresas solventes.

Entonces, la pregunta es: ¿manos a la obra?




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