Opinión

Disfrazados para robar la patria

El Deber 9/8/2018 04:00

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Hace unos días leía a Gerardo Lissardy. Decía que en algunos países latinoamericanos una oligarquía, disfrazada de izquierda, había robado el Estado. Hablaba de Nicaragua y de Venezuela. No recuerdo si mencionaba concretamente a Bolivia, pero nos queda perfecto el saco.

Los que se definen de izquierda, se ponen la etiqueta para significar que para ellos lo más importante es la atención a los más desfavorecidos de la sociedad, para decir que su objetivo es hacer que todos tengan acceso a los mejores beneficios de la convivencia. Hay mil diferencias entre ellos, pero el elemento común va por ahí, por la atención a los de más abajo, poniendo a su alcance por igual los derechos, las oportunidades y los servicios.

El Gobierno venezolano se ha llenado de etiquetas. Es bolivariano, es chavista, pero, por encima de todo, es socialista. Es el nuevo socialismo latinoamericano, que ha logrado que ni pobres ni ricos tengan qué comer. El país con mayores reservas petroleras del mundo se llama socialista, después de haber hecho desaparecer milagrosamente toda la producción de petróleo y de haber malversado los recursos que eran más de lo necesario para crear y repartir los servicios que prometió a los pobres y que necesitan todos. De la noche a la mañana se esfumó el chorro de dinero que generaban las exportaciones petroleras, ha colapsado la poca industria que tenían, ha desaparecido hasta la producción agrícola. Eso esconden bajo el letrero de socialismo. Los poderosos generales y los gobernantes, además de secuestrar los incalculables ingresos anteriores, cobran auténticas fortunas por permitir la entrada de la ayuda internacional, que acude a paliar la escasez y el hambre. Y se llaman socialistas, quizás para disculpar su dictadura que hace posible el saqueo.

En Nicaragua hace años que se levantó el pueblo contra el dictador de la dinastía de los Somoza que se había apoderado del país. El Frente Sandinista anunció un levantamiento socialista que triunfó y se convirtió en gobierno cuando alrededor suyo se unió el país entero. Los primeros meses de la victoria se vivió en Nicaragua una luna de miel de cambios, de fraternidad y de esperanza. Solo meses. Muy pronto, el presidente Ortega y un grupo de todopoderosos comandantes empezaron a apropiarse de las tierras, los palacios y los privilegios arrebatados a los vencidos. El socialismo y las ilusiones se convirtieron rápidamente en mentira. Cuarenta años después, Ortega y sus secuaces no son ni más ni menos que los dictadores anteriores. Se han apoderado del país y no ceden ni un centímetro de su riqueza ni de su poder a todo el pueblo levantado contra ellos. Como en Venezuela, han matado a cientos, para callar al pueblo que dice que aman. Disfrazados de socialistas, tienen secuestrado al país para engordar ellos y su soberbia.

El tercer país a estudiar es el nuestro. No necesito contar la historia ni recordar promesas. Cada lector recuerda las declaraciones y los proyectos de igualdad, de justicia, de crecimiento, de respeto, de honestidad, de obediencia al pueblo. No necesito hacer balances. Todos saben a quiénes se azotó en Chaparina y cuándo se repartió por igual el primer tesoro social, la educación, o el segundo, la salud. Todos saben quién decide sobre el dinero, si lo reparte con equidad, si pasa por los controles y cuidados que pide la corrección. Todos pueden medir los progresos. Todos saben lo que importa ahora la voluntad popular. Todos saben cuán socialista es este país que ha hecho museos y palacios para uno solo. Todos saben cómo y por qué se aferran al poder con uñas y dientes.

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