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Diversificar para crecer

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3 de septiembre de 2018, 4:00 AM
3 de septiembre de 2018, 4:00 AM

La diversificación económica es probablemente la deuda pendiente más importante que tiene el Estado con la sociedad boliviana, pese a que ha sido la promesa de todos los gobiernos en los últimos 50 años. Las exportaciones tradicionales aun significan el 80% de los ingresos y la elevada dependencia de nuestra economía, principalmente por la venta de gas y minerales, hace que los ciclos depresivos y expansivos de la economía boliviana vayan a la par con las fluctuaciones de los precios internacionales de estos bienes.

Así como el aumento de los precio de estos recursos nos ha llevado a épocas de bonanza y crecimiento, su desplome ha significado periodos de depresión económica, y estos ciclos definieron a su vez el bienestar y la estabilidad en el país. La última vez que sufrimos variaciones considerables ocurrió en 2015, cuando el precio del barril de petróleo cayó estrepitosamente y, de manera automática, se produjo una desaceleración del crecimiento, que generó entre otros, la caída de los ingresos tributarios, recortes en el gasto y desequilibrios fiscales, además de la drástica disminución de las Reservas Internacionales Netas, el aumento de la deuda externa y del déficit comercial, a niveles nunca antes registrados.

La imperiosa necesidad de romper esta dependencia, ha impulsado al gobierno actual a emprender grandes proyectos como la construcción de la Planta de Separación de Líquidos y la Planta de Urea y Amoniaco, además de acelerar la ejecución de la siderúrgica del Mutún y la planta industrializadora de litio. Estos proyectos de gran envergadura, avanzan en la concreción de metas importantes para el desarrollo; sin embargo, aún están concebidos en la órbita de la extracción de recursos primarios y sin una orientación de política pública, que considere por ejemplo otros componentes como los mercados, la suficiencia de medios de transporte y de recursos humanos altamente capacitados.

Pero también, es evidente que estamos desarrollando otros ámbitos que tienen el potencial real de romper la dependencia de los recursos del subsuelo. El acuerdo para la producción del etanol y la posibilidad de ampliarlo al biodiesel, así como el ambicioso proyecto de generación y venta de energía hídrica, la construcción del tren bioceánico y la ampliación de la producción agroindustrial, especialmente de soya, constituyen proyectos altamente viables y necesarios para un país que no debe detener el impulso de crecimiento y desarrollo alcanzados.

Debido a muchos factores, las posibilidades de diversificación son ilimitadas e incluyen por ejemplo la explotación sostenida de productos forestales, ganadería, pieles, castaña, café, quinua y licores de uva. Pero además hay experiencias exitosas en el ámbito privado, como el desarrollo de software, la biogenética, el turismo especializado y la gastronomía; todos con gran potencial y factibilidad probada, que solo esperan la voluntad política y que los gobernantes entiendan, no solo la posibilidad sino la necesidad de articular los planes de desarrollo con la iniciativa privada, condición básica para avanzar en este propósito.

La diversificación de la economía no solo es importante porque nos puede garantizar estabilidad y sostenibilidad en el crecimiento, sino porque crea nuevas oportunidades de inversión, generación de empleo y de ingresos, y sobre todo despierta las grandes potencialidades desperdiciadas y bloqueadas por una visión política centenaria que promueve la comodidad y facilidad de vivir de lo que provee la tierra, sin mayores esfuerzos ni inventiva, aunque nos someta a las fluctuaciones y decisiones de intereses de potencias e intereses extranjeros, que hasta hoy tienen una incidencia muy grande en nuestro crecimiento y desarrollo

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