Hoy en día, el menú obligatorio en los almuerzos de las familias bolivianas tiene un solo tema: el nuevo tipo de cambio. El Gobierno finalmente dejó atrás el histórico e insostenible 6,96 para pasar a un sistema de tipo de cambio flexible que, en sus primeros días, se ha estabilizado rondando los 9,80 bolivianos por dólar. Pero más allá de la pizarra oficial, la verdadera inquietud de quienes tienen que planificar sus ingresos y gastos domésticos es la misma: ¿Cómo se mueve este nuevo dólar? ¿Cómo puedo anticiparme y qué debo prever en el corto y mediano plazo?
Para entender el nuevo tablero, lo primero es separar los mercados. Existen dos realidades: el mercado mayorista y el minorista. El tipo de cambio que el Banco Central de Bolivia (BCB) fija cada noche pertenece al mercado mayorista, un espacio exclusivo donde operan los bancos, los grandes exportadores y los importadores. Al otro lado está el mercado minorista, donde estamos los ciudadanos de a pie, quienes necesitamos divisas para ahorrar, viajar o comprar un bien. Por pura lógica económica, el dólar minorista siempre cotizará por encima del mayorista. Por eso, para saber hacia dónde va nuestro bolsillo, hay que vigilar cómo se mueve el mercado de los grandes jugadores.
La tregua de los minerales y la recesión
El mercado mayorista es una disputa constante entre dos agentes: los exportadores (que traen dólares al país al vender sus productos afuera) y los importadores (que compran esos dólares a los bancos para traer mercancías). Es la ley de la oferta y la demanda en su estado puro.
En los últimos meses, el tipo de cambio ha logrado mantenerse relativamente estable en torno a los 10 bolivianos debido a una paradoja dolorosa: la recesión. En cristiano, la economía no está creciendo, está retrocediendo. Lo vemos a diario con el cierre de negocios, los despidos y un proceso de alta inflación que ha mermado el poder adquisitivo. Al quebrar o achicarse las empresas, los importadores demandan muchísimos menos dólares porque ya no traen productos del exterior. Si a esta caída de la demanda le sumamos que Bolivia se ha visto beneficiada por los excelentes precios y volúmenes de exportación de minerales como el oro y la plata, el resultado es una abundancia temporal de divisas en el circuito mayorista.
Sin embargo, esto no es sostenible. Tarde o temprano la economía tendrá que reactivarse. Si no se resuelven los problemas de fondo de la industria nacional ni se generan incentivos reales para que los exportadores produzcan más, en cuanto el consumo repunte, los importadores volverán a presionar al banco por dólares que ya no estarán ahí. Y el precio, inevitablemente, subirá.
El factor FMI y el fantasma de Macri
Existe un tercer jugador fundamental: el Estado. El Gobierno ha prometido devolver de manera escalonada los dólares que les fueron confiscados a los ahorristas hace años. Cumplir esta promesa de manera soberana es matemáticamente imposible a menos que asumamos una premisa: el desembolso inminente de un programa de ajuste estructural financiado por el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Que el FMI financie el déficit fiscal es una buena noticia a corto plazo, porque evita que el Banco Central tenga que imprimir billetes sin respaldo (emisión monetaria), frenando una devaluación acelerada. Pero aquí radica mi principal crítica: el ajuste fiscal se está haciendo a medias y con timidez. El Gobierno no elimina la subvención de los combustibles de frente, sino de forma camuflada permitiendo la importación privada; sube las tarifas de electricidad, pero sin un discurso de cara al país.
Hacer reformas con miedo al costo social puede ser catastrófico. Nos arriesgamos a repetir el escenario de la Argentina de Mauricio Macri en 2015: una falsa sensación de calma y estabilidad financiada con deuda externa que, al cabo de dos años, al no corregirse los problemas fiscales de fondo, terminó con el tipo de cambio saltando por los aires de manera violenta.
¿Qué hacer entonces?
Muchos análisis económicos pecan de dejar al lector a medias, diagnosticando el problema pero sin darle certezas. Viendo las señales que el Gobierno ha mandado hasta la fecha, mi perspectiva es clara: el tipo de cambio mantendrá una tendencia alcista y sostenida durante los próximos meses de manera gradual. Veremos incrementos leves, de centavo en centavo; habrá días en los que incluso retroceda o se estanque, pero la dirección de fondo es hacia arriba.
A mediano plazo, si el Ejecutivo no corrige estructuralmente su gestión fiscal, el dólar mayorista retornará con facilidad a niveles de 14 a 16 bolivianos, sembrando la semilla de una crisis mucho más severa de aquí a un par de años. La economía es dinámica y el tiempo dirá si me equivoco, lo cual iré analizando en mis siguientes columnas. Pero hoy, cuando en la mesa familiar me preguntan si el dólar está barato o caro a 9,80, mi respuesta como economista es contundente: sigue estando barato, porque la raíz de la escasez sigue intacta.
(*) Oscar Cuentas Sandy es economista