Hacía muchos años que no sabía nada de ti. Te recordaba, como en los viejos tiempos; vigente y popular y, con ese recuerdo te fui a buscar ayer, donde siempre; cerca de la plaza, no lejos de los cafecitos donde las tertulias eran tranquilas y, a veces, románticas.
Siempre estabas firme con el copete levantado.
Ayer, no estabas. Pregunté por ti; nadie sabía de ti. No podía creer y mirando por todo lado me preguntaba: ¿Dónde estás que no te veo?
Y luego de recorrer unas calles con aceras que más parecen pistas de competencias de obstáculos, con huecos, desniveles, plataformas de garajes y mil cosas que, por no estar reglamentadas, es un caos peatonal, llegué hasta una especie de galpón, triste y acurrucado en la semi obscuridad.
Pero tú, Correo de mis ayeres, primero lucías imponente en la esquina de la plaza, luego te fuiste a media cuadra de “la 24” y ahora sos un ente exiliado en el olvido.
Eras el Correo, con mayúsculas, como una institución imprescindible para la vida de los pueblos, ahora agonizas, junto a las cartas que son extrañas y tan pocas, a los sellos postales o estampillas que coleccionábamos, a los carteros que iban de casa en casa llevando cartas, al parecer que ya son muy pocos.
Oficina de Correos, antes que te entierre el olvido, tendrán que hacerte un monumento, en la vieja esquina del correo para que te perpetúen.
Podría ser el buzón que nunca tuvimos, pero que era el símbolo del servicio postal más importante del pasado siglo.
Como ya todo es electrónico, corremos el riesgo de que la inteligencia artificial te borre de nuestro recuerdo.
Y así, si algún despistado como yo pregunta: .
¿Dónde estás que no te veo?
Que la respuesta sea:
“En la puerta del Correo”.