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12 de marzo de 2017, 4:00 AM
12 de marzo de 2017, 4:00 AM

La primera vez que vi Donnie Darko fue en 2005, en un ciclo de cine sobre monstruos, inadaptados y freaks. Me impresionó mucho Freaks, de Tod Browning, y hubo imágenes de Visitor Q, de Takashi Miike, que resultaron difíciles de soportar de tan grotescas, pero en cambio acabé Donnie Darko sin haber entendido nada y sin saber por qué entusiasmaba tanto a los organizadores del ciclo. Hasta que la volví a ver en 2013 y en esa ocasión la película le habló directamente a varias de mis obsesiones. 


Es complicado saber qué sucede exactamente en Donnie Darko. Hay foros y sitios en internet dedicados a analizar los elementos de ciencia ficción de la trama, pero no existe una explicación definitiva sobre qué ocurre realmente. Donnie Darko es un adolescente que una noche recibe la visita de un conejo gigante para revelarle la fecha del fin del mundo: el apocalipsis ocurrirá 28 días más tarde. Esta aparición desencadena una serie de eventos extraños: a la mañana siguiente la casa de Donnie aparece impactada por la turbina de un avión, que ha salido de la nada, y el chico empieza a recibir inquietantes señales del más allá.


 La película comienza con el retrato de un idílico barrio de clase media norteamericano. El padre de familia barre las hojas muertas del jardín, la madre lee un libro sentada en una reposera al sol (el libro es It, mi novela favorita de Stephen King), la hija menor salta en el trampolín de la casa. Pero pronto vemos las señales de la descomposición. Es 1988, Estados Unidos lleva casi una década de conservadurismo republicano (en la tele aparece George Bush padre debatiendo con Dukakis antes de las elecciones presidenciales) y el colegio es esa mezcla entre la ley de la selva y el discurso simplificador de la autoayuda: los matones de siempre persiguen a los débiles y la profesora pasa videos de un gurú conductista que afirma que todas las acciones humanas están motivadas únicamente por el miedo o por el amor. 


Pero Donnie tiene sus propios problemas. Vive medicado, padece de desequilibrios mentales –nos enteramos que años atrás le prendió fuego a una casa– y la realidad se está convirtiendo en un entramado cada vez más inestable para él. Hay figuras que le hablan detrás de los espejos, voces que lo inducen a inundar su colegio y a incendiar casas, visiones que le muestran que el libre albedrío es una ilusión, que estamos manipulados por fuerzas que nos superan y que desconocemos.

¿Y si todo lo que estamos viviendo ya ha sucedido y lo único que hacemos es acercarnos a un destino inevitable? En Donnie Darko la realidad es un montaje, una representación absurda de formas y maneras que por momentos deja entrever sus fisuras. Y a través de las fisuras vislumbramos los hilos que mueven al mundo. Las voces que le hablan a Donnie, nos enteramos después, son las voces del futuro y las de su propia muerte. 


¿Es Donnie Darko un adolescente esquizofrénico o es el elegido para remediar la grieta espacio-temporal que evitará la destrucción del universo? Que la película pueda sostener ambas lecturas es lo mejor de Donnie Darko: en ella confluyen la historia sobre la esquizofrenia y la alienación adolescente con la reflexión sobre el libre albedrío, los bucles temporales y los universos paralelos. A todo esto hay que añadirle una banda sonora melancólica y oscura a cargo de Michael Andrews, cuyo cover de Mad World, de Tears For Fears, fue un hit en varios países. Y es imposible olvidar al siniestro conejo: su figura evoca los terrores de la infancia, los juguetes inocentes que, en la penumbra, se transforman en objetos demoniacos.   


Richard Kelly tenía 23 años cuando escribió el guion de Donnie Darko y 26 cuando la película se estrenó en 2001. Fue un fracaso de taquilla, aunque la crítica la rescató y eventualmente se convirtió en una película de culto. Kelly describió a su personaje como un Holden Caulfield resucitado por Philip K. Dick, y no cuesta ver por qué. Donnie recuerda al chico rebelde de El guardián entre el centeno, pero con las enfermedades mentales y los viajes en el tiempo del autista Manfred de Tiempo de Marte. 


Algo más: me provocan una enorme curiosidad los artistas que han dado lo mejor de sí a una edad temprana y que luego no han podido estar a la altura de esa primera intuición. Las siguientes películas de Richard Kelly han sido desastrosas. Lo cual demuestra que el artista siempre está comenzando de nuevo y que tener una buena idea es tan extraño como sintonizar ondas gravitacionales con una pequeña radio casera. Que la antena de Richard Kelly haya conseguido captar esa elegía adolescente, cósmica y siniestra de Donnie Darko a los 23 años es notable; que la magia no se haya vuelto a repetir es algo que sucede con frecuencia y que no desmerece en nada el logro del joven Kelly 

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