Opinión

Dora, sus protectores y las varias Doras desconocidas

Editorial El Deber 13/2/2020 03:00

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Una historia casi de fantasía es la que está conociendo el país en estos días con el descubrimiento de Dora V., la presunta narcotraficante que amasó una fortuna de 150 millones de dólares durante seis años, en Yapacaní (norte cruceño).

De vender arroz con pollo en la carretera al norte, pasó a ser propietaria de al menos 19 vehículos, 50 propiedades rurales y unas 15 casas en las ciudades, a operar en la banca privada con millonarios movimientos de dinero sin que la Unidad de Investigaciones Financieras del Gobierno de Evo Morales detectara, o al menos dijera algo, ellos que al ciudadano común le piden poco más que certificado de antecedentes cuando retira 10 dólares de su cuenta de ahorros.

Dora V. probablemente en estos últimos 15 días hubiera sumado unos cinco o diez millones de dólares más a su veloz fortuna, de no ser porque en México la Fuerza Aérea de ese país obligara a aterrizar a un avión pilotado por dos bolivianos que había partido de Salta sin carga ni pasajero alguno, y que hizo una escondida escala en Bolivia para subir y transportar una tonelada de cocaína, distribuida en 32 bolsones de yute, de esos que se usan para las compras del mercado.

El apellido materno de uno de los pilotos y el apresurado intento de retiro de 40 millones de bolivianos y 3,5 millones de dólares de Dora V. en Yapacaní al día siguiente de la detención de los pilotos, conectaron el caso del narcojet con la denominada ‘Reina del norte’, quien desde ese día, el 29 de enero reciente, permanece con paradero desconocido y no se sabe si se esconde en Bolivia o fugó a Paraguay u otro país.

Acumular 150 millones de dólares en solo seis años no lo hace cualquiera. Y mucho menos solo. Es imposible generar tal riqueza mal habida sin protección política en una región conocida como zona negra del narcotráfico. Su militancia en el partido que gobernó desde 2006 hasta noviembre pasado parece dar una buena pista para identificar de dónde venía esa ayuda.

Las investigaciones para identificar a los protectores con poder político de Dora V. tienen esta vez que llegar hasta el fondo, allí donde durante los últimos años no se llegaba por una no declarada complicidad con una actividad ilícita.

Pero además es llamativo el hecho de que si Dora V. fue descubierta ha sido por la captura de los dos pilotos bolivianos en el narcojet cargado de una tonelada de cocaína. De no haber ocurrido ese operativo, el país no se hubiera enterado de la existencia de la ‘Reina del norte’ ni de su sospechosa fortuna.

Como ella, ¿cuántas otras “Doras”, mujeres y hombres, han estado operando en el país con más facilidad que nunca en estos años, en condiciones de permisividad, quizás solo comparable con la era de la dictadura de los últimos gobiernos militares? ¿Y cuántos continúan traficando a la sombra de un país que desinstitucionalizó la lucha contra las drogas y estableció “territorios libres” donde hoy el Estado boliviano no puede ingresar ni siquiera con sus fuerzas policiales y armadas?

Es preciso, por último, cuestionarnos por qué los bolivianos miramos casi con indiferencia al narcotráfico y sus actores, y por qué a una buena parte de la sociedad parece no incomodarle convivir con personas involucradas con el crimen, la violencia y la ilegalidad del narcotráfico.