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26 de marzo de 2017, 11:00 AM
26 de marzo de 2017, 11:00 AM

El 23 de diciembre de 2015 murió el sacerdote jesuita Enrique Maza, que fue editor y fundador del semanario mexicano Proceso. Con Julio Scherer y Vicente Leñero, fueron los pilares de la creación de este medio luego de la censura y represión vivida en el periódico Excélsior en 1976. Nacido en 1929, ingresó a la Compañía de Jesús a los 16 años, pero asumió su vocación más bien vinculada al periodismo: “Mi sacerdocio no ha consistido en decir rosarios, misas y confesar; rara vez hice esas cosas. Mi apostolado era otro, como Jesús, el supremo sacerdote que se dedicó a recorrer Palestina hablando y tratando de convertir a los demás, denunciando a quienes explotan al pueblo” (Proceso, 27/12/15, p.8). 

Así, su trinchera fue una sala de redacción, su manera de entender la vida religiosa fue una inserción con la realidad nacional. Escribió algunos libros de interpretación teológica y filosofía de vida, pero su principal preocupación fue el periodismo y, particularmente. la ética en ese medio. 

En una entrevista frente a la pregunta sobre cómo ser mejor periodista, respondió: “Ser mejor persona”, el entrevistador insistió indagando cómo se es mejor persona, a lo que Maza dijo: “Se es mejor persona en la profunda libertad de la conciencia y en la certera opción de vida que se asume. En nuestro caso, el periodismo, existen dos extremos bien dibujados: la ética y el poder. No tengo duda: la opción ha de ser por la ética” (Proceso, 27/12/15, p. 9).  

En el otro lado del continente, mucho más al sur, en Bolivia, en los mismos años, otro jesuita, Luis Espinal emprendía una tarea similar. Nacido en España el 2 de febrero de 1932, llegó a Bolivia como una parte de los religiosos que respondieron al llamado de la iglesia mundial de evangelizar el continente. Su inserción en el país fue rápida y definitiva. Su vocación fue el seguimiento de Cristo desde la realidad social, lo que lo condujo a, entre otras cosas, fundar el semanario Aquí en un momento en el que la palabra empapada de verdad era respondida con represión y muerte. Ahí confluyeron muchos intelectuales de la época –entre otros, mi padre, Luis Suárez-, y el periódico se convirtió en el espacio para denunciar, reflexionar e informar.

En los varios episodios de su vida, Espinal mostró que su manera de entender el cristianismo no tenía que ver con un aislamiento, sino más bien con sumergirse en la realidad. Su participación en la huelga contra la dictadura banzerista en 1977 y sus múltiples actividades político-espirituales iban en esa dirección: “En nuestras calles ruidosas y entre el tumulto de los carros y los peatones –afirmaba-, también está Dios, en mil rostros humanos que nos miran…”. Gastar la vida por los demás era para él mucho más que un eslogan. 

No sé si Espinal y Maza se conocieron, pero ambos pertenecieron a una generación de jesuitas que plasmaron su compromiso político-religioso en el periodismo, tomándose en serio la máxima bíblica que asegura que “la verdad los hará libres”. A menudo, cuando los tiranos siegan la vida de personas a medio camino de su trayectoria –como el propio Luis, asesinado cuando tenía 48 años-, me pregunto por dónde hubieran transcurrido sus décadas posteriores, sus sueños y proyectos de haber vivido más tiempo. Miro la fructífera vida de Enrique Maza, que nos dejó octogenario y veo el trazo de lo que seguramente Luis Espinal hubiera hecho. Dos vidas de compromiso, fe y tinta. Conviene evocarlos ahora que estamos en marzo recordando 37 años de la partida de Lucho 

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