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Familiares que viajan de Santa Cruz a ciudades del interior en busca de medicamentos para salvar a sus seres internados –sin saber que allá están igual de necesitados de las mismas recetas–, mercado negro que eleva de 600 a 6.500 bolivianos el precio de un fármaco, camas agotadas en las unidades de cuidados intensivos, colas enormes por conseguir una prueba de antígeno nasal, bancos de plasma hiperinmune casi vacíos, y un Gobierno que hace gala del centralismo para prácticamente boicotear las necesarias restricciones que en uso de sus atribuciones autonómicas intentan las regiones. Así está el país, en un momento en el que confluyen todos los males posibles de esta etapa de la tercera ola, que ni siquiera es la más grave, porque se estima que esta se producirá a finales de junio o principios de julio.

Los hospitales públicos no disponen de medicamentos para pacientes críticos, igual que ocurrió en el peor momento de la primera y la segunda ola. Familiares de los enfermos hacen angustiantes periplos por farmacias, redes sociales y mercados negros, dispuestos a pagar incluso el triple del valor regular del producto por la urgencia y el interés de salvar la vida del que tienen en terapia.

Sedantes, relajantes musculares, algunos antibióticos y el fármaco Remdesivir son los productos más escasos en el mercado. Incluso la Asociación de Cadenas de Farmacias informó que hay una falta de provisión de al menos 22 productos que se utilizan en la atención de pacientes con covid-19. En paralelo, la Cámara de Industrias Farmacéuticas dijo no tener conocimiento de tal desabastecimiento y anunció que se redoblan esfuerzos en la producción.

A eso se suma la especulación de algunas farmacias con los precios de los remedios más urgentes, ante lo cual autoridades locales y departamentales de Santa Cruz han anunciado operativos de control bajo amenaza de severas sanciones, entre ellas la clausura, contra los negocios que suban arbitrariamente los precios.

Los bancos de sangre tienen una preocupación propia: si en enero existía un stock de al menos mil unidades de plasma de diversos grupos sanguíneos, los que quedan hoy no alcanzan para cubrir las necesidades de los próximos siete días.

Actualmente la demanda de plasma hiperinmune en Santa Cruz subió a 20 unidades por día, las donaciones son pocas y no se logra equilibrar la salida de reservas con el ingreso de nuevos aportes.

En algunas ciudades del país, como Cochabamba, hay problemas incluso en el último punto de la cadena del drama del coronavirus: el cementerio general no se abastece para atender el ingreso de restos de las personas fallecidas; el viernes por la tarde había una lista de espera para cremar 14 cuerpos de víctimas del covid-19.

En medio de este panorama angustiante, los gobiernos regionales tuvieron el acierto de decretar medidas de restricción de la circulación a partir de las 20 horas de todos los días, y cuarentenas rígidas durante dos días domingo. En la primera jornada de la medida, salió el Gobierno desautorizando a la Policía Nacional a hacer detenciones ni aplicar sanciones a quienes no cumplan con las medidas. Es decir, los bolivianos se están enfermando y muriendo por la tercera ola; los gobiernos regionales toman medidas necesarias, y al Gobierno nacional no se le ocurre mejor idea que hacer política centralista, concentradora del poder y las decisiones, en lugar de apoyar la iniciativa de gobernaciones y alcaldías para combatir de mejor manera a un enemigo que no tiene partido, es de todos, porque el virus no tiene militancia; solo llega y mata, sin distinguir izquierdas ni derechas, ni ricos ni pobres.

 



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