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En ninguna de las dos olas anteriores de la pandemia la gente había sufrido tanto por buscar oxígeno medicinal, adoptando así nueva práctica que no es propia de un ciudadano particular, sino de instituciones médicas. ¿En qué lugar del mundo se ve a particulares cargar los gigantes cilindros de oxígeno vacíos buscando un lugar para llenarlos y correr a la clínica para conectarlos al familiar enfermo con covid-19? En Bolivia, solo en Bolivia.

En Santa Cruz, una persona debe hacer fila por cerca de 24 horas para conseguir un tanque de oxígeno y cuando lo tiene debe llevarlo hasta el hospital y retornar de inmediato a hacer nuevamente la cola para tener derecho a recibir otro cilindro al día siguiente. Un enfermo internado en una unidad de terapia intensiva utiliza aproximadamente entre cuatro y diez tubos de oxígeno por día.

El cuadro de preocupación y afán de la gente por conseguir un tubo de oxígeno es dramático en el país en estos días; pero es inaceptable que sean ellos quienes carguen con esa pesada responsabilidad, cuando tendría que ser el Estado el que garantice el suficiente abastecimiento de oxígeno a los hospitales en el marco de sus obligaciones de la seguridad social y el Seguro Único de Salud. Los bolivianos pagan con una parte de sus salarios o con sus impuestos el derecho de contar con esas prestaciones básicas, pero a la vez exclusivas de un centro de atención médica.

Un tubo de oxígeno no es una garrafa de gas licuado de petróleo que un vecino pueda cargar cada sábado de la cocina a la calle en su barrio cuando pasa el camión del GLP; un cilindro de oxígeno es un insumo médico sensible del que depende que una persona continúe viviendo o no.

A eso se suma el agotamiento de la capacidad de camas en los hospitales: ya no hay camas disponibles y los familiares tienen que internar a sus pacientes en sus domicilios particulares y deben llevar hasta allí los botellones de oxígeno.

En otros casos, los familiares prefieren atender ellos mismos, así sea de forma precaria a sus pacientes en casa porque no tienen dinero para cubrir los costos de una hospitalización. También en esos casos requieren de oxígeno.

Quince meses después de la llegada del covid-19 a Bolivia, el país está descubriendo que no tiene suficiente capacidad de producción de este elemento para atender a los pacientes en la etapa crítica de la enfermedad, en esa en que la respiración y por tanto la vida dependen de la provisión de este insumo.

Recién ahora algunas autoridades, varias de ellas nuevas en el cargo, están planificando la instalación de plantas generadoras de oxígeno, pero implementarlas tomará aún un largo tiempo; mientras tanto, muchos pacientes perderán la vida.

Tampoco el Gobierno central tomó previsiones en este sentido y ahora hacen apresuradas gestiones para importar oxígeno de países vecinos, lo cual ayuda, pero no resuelve el problema: por ejemplo, en las últimas horas llegaron de Chile 60 toneladas de oxígeno, que alcanzarán para cuatro días en Santa Cruz, Cochabamba y Tarija, porque el consumo sumado de esas tres regiones es de unas 15 toneladas por día.

En Bolivia hay 12 empresas que producen oxígeno, y por el elevado aumento de casos de covid-19 la producción de esas plantas está al 100 por ciento de su capacidad, y aun así no alcanza para atender la demanda.

En Santa Cruz, la Alcaldía ha invitado al sector privado a instalar una planta generadora para producir 150 cilindros por día, y si bien la iniciativa es destacable, su ejecución tomará bastante tiempo. Así está el país.



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