Edición Impresa

Economía consciente

14/6/2020 03:00

Escucha esta nota aquí

Por: Gabriel Columba Medina

En el mes de abril la Organización Mundial del Trabajo (OIT) proyectaba que, hasta junio, en el mundo se perderían 195 millones de empleos. De estos, según el estudio, 14 millones se concentrarán en América Latina y el Caribe y otros tres millones en Centroamérica.

Esta realidad tendrá un efecto directo en los hogares. Por eso abordaremos esta columna desde un escenario más cotidiano que académico.

Ante el desempleo, las familias bolivianas tendrán menos recursos económicos para satisfacer sus necesidades básicas. Eso implica un replanteo del consumo de los hogares. Lo lógico es dejar de consumir lo que se considera suntuario, haciendo que el gasto sea más eficiente. Pero esto es solamente un paso en el marco de una acción que debe ser más estratégica y consciente.

Debemos ser conscientes de la economía de nuestras energías. Cambiar nuestros hábitos de consumo implica un esfuerzo y una disciplina. El esfuerzo está dado por la energía mental y emocional que usamos para que el cuerpo y la mente sean conscientes de la nueva realidad que estamos viviendo.  La disciplina es el esfuerzo continuado de esa energía mental y emocional a lo largo del tiempo. Eso es importante porque podemos sostener una nueva forma de consumo con entusiasmo un par de días, pero si no le imprimimos disciplina, fácilmente caeremos en los hábitos del pasado.

Hay que entender que la energía mental y emocional son recursos fundamentales y están sujetos a desgastarse de acuerdo a cómo vivimos. El excesivo estrés, la angustia e incertidumbre por la falta de trabajo, las noticias negativas y sobre todo las fake news, van consumiéndonos durante el día.

Por lo tanto, debemos ser muy conscientes respecto a en qué gastamos nuestras energías. Podemos hacerlo para desarrollar acciones que contribuyan a enfrentar la nueva realidad, o en quejarnos y estar mirando el pasado, tratando de recuperarlo, lo cual sería un error que no nos permitirá vivir un presente que necesita nuevas respuestas.

Por eso, una economía consciente tiene que dirigir las energías vitales para ser más eficientes y estar enfocados en el presente que estamos experimentando.

Aquí entramos a la economía de los recursos. Junto a la consciencia de cómo gastamos nuestras energías debemos hacer un recuento de los recursos que disponemos.

Por un lado, están nuestros propios recursos, es decir nuestro conocimiento y habilidad y el de las personas que forman parte de la familia. Estos canalizarán la capacidad productiva que nos permitirá enfrentar nuestra nueva realidad. Es vital identificarlas y ponerlas en acción de forma coordinada y planificada entre todos los miembros de la familia.

Por otro lado, hacer una cuantificación de cuánto gastamos en los servicios básicos y sobre todo cómo los gastamos, nos puede dar una fuente para generar ahorros y usos eficientes.

De la misma manera, analizar cómo nos alimentamos y con qué productos lo hacemos puede mostrarnos qué hábitos alimenticios eliminar y cuáles potenciar o incorporar para mantenernos saludables.

En base a estos ejercicios, hacer un listado consciente de ingresos y gastos nos puede dar una fotografía de nuestro patrón de consumo. Señalar en esta lista lo que realmente es fundamental para una vida digna, nos ayudará a hacer nuestros gastos eficientes.

Luego de esta experiencia consciente, es muy posible que nos sorprendamos de ver en qué y cómo gastamos nuestros recursos. Pero el objetivo de una economía consciente no solo es generar ahorros y eficiencias; es fundamentalmente canalizar nuestros recursos para ser productivos. El objetivo es consumir lo que realmente necesitamos conscientemente y generar valor para nuestra sociedad con nuevos productos y servicios realmente útiles en este nuevo escenario.

Por todo esto, implementar una economía consciente desde el hogar es conectarnos con la realidad, con un presente objetivo; enfrenta la incertidumbre y trabaja generando oportunidades reales para la familia y la sociedad.