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El reciente Foro Económico de Cainco presentó ponencias de expertos internacionales sobre ciudades productivas. Sus organizadores tuvieron el acierto de incluir al área educativa, pues no cabe duda que el factor más significativo en alcanzar este modelo de ciudad es la generación de conocimiento, que permite obtener mejores productos, hechos con mayor eficiencia. En aquellos lugares donde hay un buen promedio de escolarización, los salarios crecen hasta un 9%. El porcentaje de profesionales en urbes latinoamericanas sigue siendo bajo (18% versus 59% en Estados Unidos).

A la pregunta sobre las principales barreras que impiden mayores habilidades, podría mencionar cuatro: una economía extractiva que desarrolla una cultura mecánica (sacar y vender) y que no favorece la creatividad y la innovación; un sistema educativo ideologizado, que mira más al pasado, con metodología de enseñanza del siglo XX y poderosamente centralizado. Ello conlleva a contar con maestros menos capacitados, poco motivadores y mal remunerados. Aquí vale la sentencia “la educación debe estar por encima de cualquier gobierno”. No menos importante son los recursos insuficientes dirigidos a este sector. Finalmente, cito la desvalorización de la familia por la educación (“En el hogar se aprende, en la escuela se enseña”). Además, cuenta la mínima coordinación entre instituciones y gobiernos subnacionales a pesar de los esfuerzos realizados. Existe un marco legal que está vigente (ley departamental 110, 2015; ley municipal 697 sobre ciudad universitaria; Alianza por Santa Cruz científica tecnológica, cuyos firmantes son el Comité pro Santa Cruz, la Gobernación, universidades y Cainco). En ellos se habla de fomento de mutua cooperación, generación de espacios inteligentes, etc.

Otra pregunta en el panel fue sobre las metas que deberían trazarse para confluir a una universidad de clase mundial. Lo primero es tener una materia prima de buen nivel. Los bachilleres tienen una deficiente formación que dificulta el aprendizaje en la educación terciaria y falta de vocación. Los cursos preuniversitarios son un paliativo a este problema. Asimismo, se debe adecuar el método de enseñanza a las exigencias del medio. Para ello, hemos desarrollado el llamado “enfoque por competencias”, donde el estudiante aprende haciendo, el docente deja de ser la estrella del aula para convertirse en orientador y catalizador de las habilidades particulares de cada alumno. Es lo que se llama universidad disruptiva y transformadora.

Las evaluaciones internacionales como el programa PISA, o las acreditaciones ante instancias como el Mercosur, son buenas experiencias para medir la calidad académica de la universidad y Santa Cruz va por ese camino. Todo ello trae como consecuencia la internacionalización de estudiantes y profesores que interrelaciona experiencias con otros países, pero para alcanzar todos estos objetivos, es necesario mayor presupuesto para la investigación y publicaciones científicas.

Igualmente, se deberían promover políticas que apoyen a una economía naranja, por ser creativa, generar talentos y pensamiento crítico. Nuestras necesidades exigen más centros de formación técnica orientados a las competencias del futuro, acorde a la revolución industrial 4.0. En el caso cruceño existiría un potencial de 20.000 nuevas personas calificadas por año.

Por último, programas y espacios como el IME-Unifranz, permitirán capacitar e innovar en emprendimientos femeninos para evitar la precariedad de empleos y catalizar la equidad en todas sus dimensiones. También esta es una forma de lucha contra la violencia de la mujer. Se prevé que, si las mujeres se incorporan masivamente al mundo laboral, el PIB de la región aumentará hasta un 34%. De otro lado, estudios recientes hablan que si las cosas siguen como van, necesitaremos 217 años para cerrar esta brecha económica (Foro Económico, 2018). La cosa está clara, falta saber cuándo comenzamos.

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