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12 de octubre de 2017, 4:00 AM
12 de octubre de 2017, 4:00 AM

De niño escuchaba boquiabierto los párrafos de Cien Años de Soledad con que mi padre nos estimulaba el amor por la lectura, y boquiabierto oía también las anécdotas narradas con serena sonrisa de cómo hubo que esconderse, enterrar escritos, dar refugio, para evadir la represión de las recién derrotadas dictaduras. Ficción caribeña e historia nacional, en mi cabeza eran ambas literatura fantástica.

Hoy, al caer las máscaras de los que aprovecharon las débiles raíces de esa democracia para hacerse del poder, cuesta creer que mis hijos deban oír las historias surrealistas de este presente en que nacieron y que, emperrado, no cede. “¿Pero acaso no está prohibido?”, “¿no que las reglas eran para todos?” “no me parece justo”, me interpelan cuando escuchamos las noticias en la radio.

Difícil enseñar a los niños el valor de la verdad, de la justicia, cuando el prócer de los nuevos textos escolares no deja de mentir, cuando sus colaboradores solo están para convertir esas mentiras en verdad oficial.

Además de defender las reglas que incluso los niños reclaman, nos toca hallar una salida de este círculo vicioso, que no es cambiar al caudillo fundido por otro nuevecito, hasta que toque repetir la fórmula.

Casi el 80% de los bolivianos vivimos hoy en ciudades, en las ‘polis’ donde hace 2.500 años nació la democracia. Y es en las ciudades donde la podemos reconstruir, a través de una educación liberadora, sin dogmas, que haga responsables de su historia a los ciudadanos.

En la ciudad, demandemos que deje de repetirse que solo nos compete edificar aulas: midamos la calidad de nuestra educación; demos apoyo y dignidad a los profes; enseñemos la diferencia entre los poderes, el origen de los recursos públicos, las normas de la ciudad y el sentido de su cumplimiento; rechacemos el sabotaje de la organización y rebeldía vecinal, vital escuela de democracia.

Para ser capaces de resistir los abusos del poder central es indispensable terminar con el secuestro local de nuestra ciudadanía. Sin abandonar otras batallas, reconstruyamos la democracia en casa. Hoy.

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