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Hace un par de años, en Buenos Aires, un amigo me recomendó Eisejuaz, la extrañísima novela de Sara Gallardo. El deslumbramiento fue inmediato: empecé a leerla por la tarde y no la pude soltar hasta bien entrada la noche, con esa abrumadora sensación que producen los libros que revelan al mundo en toda su miseria, todo su misterio y toda su belleza. Eisejuaz es la historia de un indio mataco que escucha la voz de Dios en el norte argentino y que debe renunciar a todo para seguir ese enigmático llamado. Lisandro Vega (Eisejuaz es su nombre wichí) es uno de los grandes personajes de la literatura latinoamericana: un hombre con un destino insondable que ve cómo su pueblo sale del monte para morir en la ciudad asediado por la peste, la prostitución y la pobreza. 

Sabía que Sara Gallardo se había inspirado en un viaje a Salta en 1967, al que partió buscando historias para su columna en el semanario Confirmado, pero me intrigó descubrir que Eisejuaz había existido y que fue un cacique wichí con el que Gallardo pasó horas conversando en un hotel de Embarcación, esa ciudad fronteriza a un costado del río Bermejo en la que –dependiendo por dónde se mire- comienza o termina Argentina. Y aunque Lisandro Vega ya murió, me lancé tras sus huellas. 

No voy a hablar de Salta y de su impresionante museo de momias infantiles exhumadas de los cerros con los cabellos trenzados y las hojas de coca todavía frescas entre los dientes. Tampoco hablaré de La Veloz del Norte y de sus eficientes autobuses, tan diferentes de las impredecibles flotas bolivianas. Ni del santuario de la Difunta Correa a un costado del camino, ni del viejo tren abandonado oxidándose al sol. Voy a hablar en cambio de Cristina Vega, hija de Lisandro, que vende artesanías a un costado de la carretera. Los camiones pasan cargando grano o combustible y hacen temblar las paredes de madera de la casita; sobre nuestras cabezas cuelga la suntuosa piel de un oso hormiguero que Eisejuaz, su padre, mató de un garrotazo hace más de veinte años. Apenas empezamos llega la primera sorpresa: Eisejuaz era boliviano.
Cristina me cuenta que Eisejuaz salió del Chaco boliviano (atravesando Caraparí, Aguaray, Yacuy) siguiendo la prédica del misionero noruego Berger Johnson de la Asamblea de Dios, cansado de la violencia en el monte: “Se perseguían con los tobas y los chorotes, peleaban por el monte para recoger la fruta. Los tobas y los chorotes esperaban a nuestra gente cuando volvía del río para robarle la pesca. Les quitaban las mujeres, después los hombres salían a perseguir a los secuestradores. Era una guerra total”, dice. 
Mientras conversamos me fascina comprobar las coincidencias entre la novela de Gallardo y la vida del verdadero Lisandro Vega. Como el Eisejuaz de la novela, el padre de Cristina tuvo que ser jefe entre los suyos desde pequeño: “Él tenía siete hermanas, él era el único varón y lo hicieron jefe cuando salieron del monte sin haber cambiado la voz todavía. Venía de familia de caciques. Era hombre fuerte, de palabras torpes, no dominaba el castellano pero sabía cómo hablar con la gente blanca”. La trayectoria de Eisejuaz es similar a la de la novela; los wichís huyen de las guerras entre etnias y del monte devastado por el avance del blanco para encontrarse con una vida de privaciones y sufrimiento en la ciudad: “Creían que llegando aquí se iban a componer las cosas, pero aquí no podían sacar agua, no podían cruzar un alambrado o un lote porque los sacaban a tiros o les largaban los perros. Parece que estaban mejor en el monte porque allá no necesitaban plata, las cosas no tenían dueños”.
Eisejuaz trabajó con los pastores noruegos, quienes lo ayudaron a establecerse en la misión La Loma de Embarcación junto a los tobas y los guaraní. Se casó con Mauricia Suárez, una joven toba, y tuvieron tres hijas, pero Mauricia murió de cáncer de útero cuando las hijas eran pequeñas. Fue cacique y el primer indígena en ser concejal en Embarcación, consiguió llevar luz eléctrica a su comunidad y fue el responsable de que se construyera la primera escuela para su gente. A diferencia del solitario personaje de la novela, falleció anciano en 2014 y llegó a conocer a más de 20 nietos. “Quería ser enterrado como un buen mataco, con una frazada y chau, en un pozo hondo de dos metros para que ningún bicho entre a comer”, dice su hija. 

Escucho a Cristina Vega con avidez, pero no sé si encuentro lo que busco en esos datos. Porque la verdad sobre Eisejuaz no está en Embarcación ni en la casita de madera ni en las fotos en blanco y negro de ese hombre de rasgos pronunciados, sino en la mirada de la escritora, capaz de transformar la vida de un hombre común en una historia extraordinaria. Lo que sí reconozco es el apocalipsis indígena del que hablaba la novela: visito la misión La Loma y encuentro a los jóvenes aspirando pegamento junto a la escuela, a la vista de todo el mundo. Me dicen que la drogadicción se ha vuelto una epidemia en la comunidad, que no ofrece muchas oportunidades a los jóvenes para salir de la pobreza. Así, la novela capturó no solo un personaje sino también un triste devenir histórico; me alejo de Embarcación deseando, por una vez, que Sara Gallardo se hubiera equivocado. 

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