Opinión

El antiguo arte de caminar

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29 de octubre de 2017, 17:57 PM
29 de octubre de 2017, 17:57 PM
Desde aquí todo parece lento. Una lentitud parsimoniosa que avanza al ritmo de los pies. Los pies, ese invento de algún Dios generoso, ese par de cómplices que se mueven como de memoria y que son capaces de hacer sentir placer, un placer amparado en el antiguo arte de caminar. Caminar para avanzar, para ir a quedarse, para retornar también. Para cruzar los mares volando, o navegando, para bajarse o para subirse. Caminar para trepar, para sentirse vivo o menos muerto o para resucitar. Caminar para olvidar que la rueda existe. 


Uno camina por aquí y todo parece más lento. Desde dentro del bus parecía que las casitas de barro corrían a la par del motorizado y que cuando se cansaban se quedaban allá, bien atrás, donde la vista ya no alcanzaba a verlas rendidas y un poco mojadas por alguna llovizna alharaca que de cuando en cuando amenaza con desplomarse por estas partes del Altiplano.


El sol estaba en lo alto y picaba como un ají mexicano. Hasta que alguien dijo que iba a llover. Lo dijo por el mazazo del viento que bajó a tropel de las montañas. Pero todos –los pocos- seguimos caminando por los costados de esta carretera que lleva a Batallas, el pueblo del que todos hablan en Bolivia, el que al frente de su plaza tiene un banco donde trabajaba un joven de 27 años que dicen que dormía en la bóveda de la entidad financiera estatal, que llegaba en su Mercedes Benz y que ahora está preso por un desfalco millonario. 


El bus me dejó a varios kilómetros de distancia. El chofer seguro que se olvidó que en la estación del Cementerio General de La Paz le dije que me avise cuando pasemos por Batallas. Eso ha de haber sido, me dice un campesino que ha hecho del caminar su herramienta de trabajo. Es un hombre tranquilo que mientras camina mete hojas de coca en uno de sus cachetes. Mientras camina dice que hasta antes de que el ladrón de banco se deje pillar y se arme el escándalo nacional, a Batallas nunca llegaban los periodistas. 


Este hombre camina y también caminan sus dos perros lanudos que tienen nombre de dos políticos de alto vuelo del país.


“No le vaya a revelar los nombres en la prensa. No vaya a ser que se enojen”, me pide y lanza una sonrisa cómplice y verde por la coca que mastica, que disfruta. “Yo siempre quise ponerles esos nombres a mis perros, pero tuve miedo que los pobres animalitos se enojen”, le digo en un tono amigable, pero ahora él no se ríe. 


Ambos nos persignamos cuando pasamos por un cementerio. Desde que uno abandona la ciudad de El Alto y se va metiendo por la epidermis del Altiplano, los cementerios aparecen a los costados de la carretera, como queriendo decir: no corran y que la muerte existe. Eso le digo a mi compañero de camino y él me asiente con su mirada.
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